Por Lizbet García Rodríguez
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La columna Retratos del tiempo evoca la disertación de la crítica e historiadora del arte Raquel Tibol, sobre su encuentro con Alfonso Reyes y su aguda percepción de lo plástico y de lo artístico.
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Cuando llegó a México en 1953 como secretaria de Diego Rivera, ya traía su primer libro publicado. Diego quiso constatar la validez de los cuentos de Raquel Tibol, de modo que se lo llevó a alguien que daría fe de ello.
“Al cabo de unos días –relató la propia Raquel, durante su visita a la UANL en 2007– llegó alguien al estudio de Diego y yo fui a abrir el portón.
–Perdón, señor –le dije.
Y la persona contestó:
–Soy Alfonso Reyes y vengo a entregar esta tarjeta.”
“Ni él sabía que yo era la autora del libro, ni yo sabía que él era don Alfonso y que venía a decirme que le había gustado mucho, que me felicitaba entrañablemente, de modo que nos conocimos ahí, al calor de una tarjeta afectuosa”.
Fue el primer encuentro de la crítica e historiadora del arte mexicano, museógrafa y promotora cultural, con Alfonso Reyes. Quizás el porte y las exquisitas maneras de aquel señor incitaron a la entonces muy joven Raquel, a leerlo y estudiarlo. Pasó el tiempo y otro acontecimiento determinaría una cercanía mayor con la vida y la obra del regiomontano.
“A fines de 1980, Juan José Bremer y Víctor Sandoval, entonces director general y director de Promoción del Instituto Nacional de Bellas Artes respectivamente, me invitaron a coordinar los trabajos para convertir en museo visitable, la casa de Alfonso Reyes. Entonces pensé que me enfrentaba a un imposible, pues la Capilla Alfonsina ya no tenía los libros coleccionados, catalogados, leídos, vividos, consultados mil veces y compartidos otras tantas por don Alfonso. La famosa biblioteca se había bajado de los apretados anaqueles de la calle Benjamín Hill 122 y se había trasladado a su natal Monterrey.”
Pero comenzó el trabajo. En la Capilla, además de los libreros, se conservaban todos los muebles usados por Reyes y su esposa Manuela Mota, “en las paredes, varias pinturas y dibujos continuaban en el sitio ganado por sus dueños a la siempre creciente invasión de los libros.”
El relato se dio durante la tarde del martes 22 de mayo, cuando Tibol protagonizó un encuentro con universitarios de Nuevo León, en el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, a propósito de su presencia en el Festival Alfonsino 2007.
“Allá arriba de un librero, en el segundo nivel, se había colgado una cabeza de mujer pintada por el brasileño Cándido Portinari; arriba de la puerta, muy visible desde el escritorio, la Plaza de Toros de Madrid, notable cuadro cubista pintado por Diego Rivera en 1915; junto a él, casi pegado al techo, el formidable retrato de Reyes pintado por Manuel Rodríguez Lozano en París; y el realizado por Roberto Montenegro en 1945. Para revivir el recinto había que dar a todo un nuevo orden, fue necesario conocer cuánto había: se abrieron cajas, gavetas, cajones, carpetas, roperos, alacenas, en un minucioso proceso de esculcar, agrupar, enlistar, aquello fue como abrir una caja de Pandora, o voltear un cuerno de la abundancia, por todas partes aparecían objetos con significación cultural, histórica o artística.”
La también escritora, de origen argentino y naturalizada mexicana en 1961, no ocultó su emotividad por los privilegios históricos que le tocó vivir. La labor de búsqueda derivó casi trescientas piezas catalogadas, pinturas, dibujos, grabados, esculturas y fotografías, entre las que aparecieron algunas de alto valor artístico como el retrato de Stéphane Mallarmé, hecho por Nadar en el siglo XIX, o el de la escritora argentina Victoria Ocampo, tomado por Man Ray; documentos familiares y públicos, diplomas, condecoraciones, vestidos y ornamentos ceremoniales que habían pertenecido tanto a Reyes, como a su padre el general Bernardo o su madre Aurelia Ochoa.
Así quedó expuesta a estudiosos y público en general la casa convertida en museo, biblioteca, Centro de Investigación, de Talleres Literarios y habitada no solo por los legados de su pluma sino también por un arte exquisito que incluía obras de Fujita, el pintor y grabador francés de origen japonés; de Julio Ruelas; el dibujo original para el mural “La piedad en el desierto“, de Manuel Rodríguez Lozano, dibujos de Agustín Lazo, Roberto Montenegro, Diego Rivera; obras de Ángel Zárraga, Raúl Anguiano; de Elvira Gascón, la ilustradora predilecta de Reyes; Ignacio Aguirre, José Moreno Villa, Antonio Rodríguez Luna, Benjamín Coria, Gabriel Fernández Ledesma, José Guadalupe Zuno, y Pedro Coronel.
La vida de Alfonso Reyes Ochoa penetró sobre todo en las investigaciones de Raquel Tibol a través de sus escritos sobre las artes visuales, quizás por ser la arista menos abordada por los estudiosos de su obra.
“Reyes tenía una aguda percepción de lo plástico y de lo artístico. Después de la Revolución de 1910, origen de tantos y tan importantes impulsos culturales, comienza a exigirse en México una función más dinámica y viva de los museos, uno de los planteamientos más importantes fue el de Reyes, que se pronunciaba contra el museo estático y señalaba: Quisiéramos que los museos fueran más bonitos, que se confundieran con la misma vida. Fundar museos dinámicos donde los espectadores pudieran ser también personajes. Un museo de pasiones humanas”, compartió Tibol.
E hizo otras disertaciones sobre la relación de don Alfonso con las artes y sus exponentes, como el pintor Ángel Zárraga, amigo que le fue heredada de otros amigos en sus estadías europeas; Angelina Beloff, la primera esposa de Rivera, y la fotógrafa alemana Gìsele Freud.
“Reyes insistía en que el arte en las sociedades es la periódica operación de cataratas que devuelve a los pueblos la visión fresca de la vida. Dio especial importancia a la educación estética del espectador, que debía empezar desde la más tierna edad. A su juicio, el arte de ver era quizás la operación mas intelectual de nuestros sentidos, ponía cuidado en lo visual como forma o cromatismo, como espacio o como plano, y afirmaba que el don del arte como el don del amor, es otro orden libre y sagrado de la vida”
La sensibilidad de un hombre que ubicó la subjetividad estética en un plano superior de enriquecimiento humano fue el mayor legado que Raquel Tibol percibió en la figura de Alfonso Reyes.
“Diversiones, juegos, tareas desinteresadas, amenas, eso eran las artes para Reyes, actividades reveladoras de una vitalidad normal, desbordes de la fuente interior cuando emanan con regularidad y equilibrio; y también lo definió como espejos en que la conducta se contrasta y rectifica. Dijo Reyes: el pintor dice de repente, veo, gusto, oigo, siento y presiento, palpo y recuerdo, todo con el tacto, pero advierte que el instinto no ha de estar exento de oficio”.
Y al final de un largo paseo alfonsino en aquella tarde de martes, quedó revelada una certeza: más que letras y tratados filosóficos dejados a la posteridad, don Alfonso ofreció también un asomo de gozo hacia el arte, como vía para magnificar la existencia humana.

CITAS DE ALFONSO REYES SOBRE ARTES VISUALES, COMPARTIDAS POR RAQUEL TIBOL:
Del artista plástico mexicano Manuel Rodríguez Lozano:
Su obra es constante, unida, desplegada en el tiempo justo, querida por las manos, realizada a través del tacto, y los cuadros se acaban en su mente antes de que empiece la obra exterior de los pinceles, así no lo engañan los ojos de fuera, malas sirenas; y si el primer color manchado en un ángulo de la tela parece débil, él sabe que resaltará y cobrará su equilibrio cuando en los demás rincones del cuadro florezcan los tintes que viven ya en los ojos de dentro.
Reyes, A. (1926) “Sobre un pintor mexicano”. En Revista Valoraciones, Órgano del grupo de estudiantes Renovación de La Plata, Argentina, No. 9, p. 225.
Del caricaturista e ilustrador salvadoreño Toño Salazar:
“Él va derecho al corazón de las cosas y las atraviesa con ese rayo de luz oscura. Calcina las apariencias, reduciéndolas a solas líneas que explican y acarician. La belleza está en cada trazo, la inteligencia, en el jeroglífico resuelto. De aquí su gracia y de aquí su melancolía.”
Publicado en Florilegio. Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, como parte del homenaje a Toño Salazar. No. 46, julio de 1964, p. 58.
Del escritor británico Gilbert Keith Chesterton, en el prólogo de su traducción a El hombre que fue jueves:
“Es un dibujante cómico de singularísimas dotes, ha ilustrado libros de Monkhouse, de Clerihew, de Hilaire Belloc… En su juventud hizo crítica de arte, y sobre los pintores Watts y Blake ha publicado dos libros tan indispensables como inútiles. Es poeta, verdadero poeta, de un modo valiente y personal.”
Chesterton, G. (1918). El hombre que fue jueves. Trad. y pról. de Alfonso Reyes. Editorial Espasa
Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno:
Unamuno como dibujante es poco conocido, pero su retrato de Amado Nervo es un diseño rápido, pergeniado en un rato de conversación, donde acaso lo mejor es la mano, sus dibujos tratan unas veces de fijar los rasgos de una cara, otras de reproducir las labores de la piedra en las iglesias y catedrales, los gestos animales y humanos, la calma estática de los campos de Castilla.
Concurrió varias veces a mis reuniones dominicales. Me obsequió con algunas de sus pajaritas de papel y de sus dibujos. (Ya lo digo en Grata compañía). Entre ellos, el retrato de Amado Nervo –de quien a su vez fue buen amigo–, sin duda el primer Nervo sin barba que se registra en la iconografía de nuestro poeta. Me proponía monogramas con las iniciales de mi nombre –así consta en una de sus tarjetas postales– y me comunicaba opiniones sobre la grafía y pronunciación originales del nombre patronímico de Sor Juana. Estuve constantemente a su lado en París, cuando yo era allá ministro de Méjico y él andaba desterrado y prófugo.
Reyes, A. (1955) “Mis relaciones con Unamuno”. En Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, Universidad de Salamanca, No. 6, p. 7.

