Un mundo nos vigila

Título publicado por la Editorial Anagrama.

Por Víctor Barrera Enderle

Leo una novela italiana: Ovni 78, del colectivo Wu Ming. Esta obra coral recrea a la Italia de la década del setenta, centrándose, como era de suponerse, en el año del título. ¿Por qué 1978? Veamos. En esos doce meses hubo tres papas (Paulo VI, quien murió en agosto; su sucesor, Juan Pablo I, duró un mes en el cargo y falleció de manera misteriosa: no descartemos el asesinato; y Juan Pablo II); el ex primer ministro Aldo Moro fue asesinado por las Brigadas Rojas; la junta militar argentina organizó la copa del mundo; y, para colmo, se incrementó exponencialmente el avistamiento de ovnis en todo el orbe occidental. Ese año se estrenó también Encuentros cercanos del tercer tipo: “Hoy pocos recuerdan el argumento de una película que, sin embargo, marcó profundamente el imaginario colectivo”. Cito a los narradores de la novela y destaco otro acontecimiento: la hegemonía de la ufología y lo que ella trajo consigo: una revolución editorial con el súper tiraje de libros, revistas y reportajes.

            Para Wu Ming, “los avistamientos de ovnis respondían al deseo de lo desconocido”; pero no sólo eso: eran la respuesta de un imaginario tridimensional, mucho más elaborado que el actual, y, si no me creen, les recuerdo que una de las principales discusiones hoy en día crea una división irreconciliable entre quienes sostienen la redondez de la tierra y quienes la niegan.  La lectura de Ovni78, sin embargo, me transportó a mi infancia. Yo ingresé  a la escuela primaria en ese año y asocio mi formación lectora a ese contexto  disparatado  que metía en una licuadora todo:  la ciencia ficción y  la guerra fría; la guerrilla mexicana y el exilio sudamericano;  Star Wars y  John Travolta; John Cazale y Charles Bronson; Superman y Kaliman;   la portada de Un mundo nos vigila, de Pedro Ferriz y, por supuesto, su parodia en el show de los Polivoces; la revista Duda y  el catálogo de la editorial Posada; el Festival Oti y la música disco. La evocación   provoca que se agolpen en mi cabeza imágenes y lecturas cruzadas. Recuerdo a John Lennon narrando un avistamiento en Nueva York en 1974, o una fotografía del mismo Lennon hablando de ovnis con el mentalista hebreo Uri Geller. En los televisores (verdaderos muebles de sala), en la radio, y en la sobremesa se hablaba de civilizaciones desaparecidas (la Atlántida, principalmente), de fenómenos paranormales, de esoterismo, y de libros como El retorno de los brujos y El misterio de las catedrales.

            Un mundo nos vigilaba, pero no era intergaláctico, sino político. La paranoia del espionaje comenzaba a extenderse y se proyectaba, a todo color, en las pantallas a través de películas como La conversación o Los tres días del cóndor, y veíamos a Gene Hackman o a Robert Redford perderse en el laberinto de las estructuras de poder. Tal vez nuestros teléfonos estaban intervenidos o nuestras cartas se abrían antes de llegar a destino. La tecnología empezaba a ser una amenaza. Lo “extraterrestre”, en contraste, nos permitía habitar un planeta dividido por la guerra fría, marcado por las brechas generacionales, y en crisis permanente por los conflictos petroleros, entre otras catástrofes. No hace falta decirlo: aquellos días distaban mucho de ser una época armónica; el consumo cultural, sin embargo, todavía no llegaba a su actual estado de homogeneidad: faltaban algunos años para que llegaran Jaime Maussan, la avalancha de zombis, las hordas de vampiros adolescentes, los aprendices de magos y la permanente exhibición pública de lo privado.

            Ovni 78 no es una novela sobre objetos voladores no identificados, o no lo es del todo. Es el relato de las narraciones subterráneas que acompañan a las historias oficiales y a las estadísticas frías de los informes y reportes sobre el pasado. El recordatorio de que tanto en los países como en las personas habitan misterios sin explicación plausible, tal como rezaba aquel aforismo de Pual Éluard: “Hay otros mundos, pero están en éste”.

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