Una escritura para no olvidar sus nombres: La memoria como acto poético y de resistencia en la obra de Selva Almada

Créditos de la fotografía: Santiago Mazzarovich.

Por Verónica Zúñiga

¿Cómo se entrelazan los recuerdos personales con las historias de tres chicas víctimas de la violencia de género? ¿De qué manera la escritura se vuelve una herramienta para seguir preservando su memoria? Selva Almada plantea estas interrogantes en su libro Chicas muertas (2014), un texto donde un recuerdo de la adolescencia detona la búsqueda de nombres, personas, lugares y justicia. 

Almada presenta un texto híbrido donde utiliza recursos de la crónica literaria y sus recuerdos para contar las historias de Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sara Mundín, tres chicas asesinadas durante la década de los ochenta en Argentina y cuyos casos nunca se resolvieron. En este libro la memoria se vuelve un hilo conductor que la escritora utiliza para visibilizar cómo la violencia contra las mujeres es una marca histórica, y que a pesar de afectar a distintas generaciones, parece rodeada de la indiferencia y el olvido.

Uno de los elementos que destaca dentro de esta obra son los lugares y cómo se convierten en espacios de memoria, cada uno de los sitios que Almada visita adquieren un significado para su búsqueda. Dentro del texto, los lectores podemos identificar dos manifestaciones de dichos espacios: los primeros son aquellos que pueden denominarse como sitios fijos, los cuales están anclados en un punto exacto y son reconocidos de manera inmediata por las personas como la habitación donde fue asesinada Andrea Danne, un lugar que representaba seguridad pero se volvió símbolo de la violencia.

Por otro lado, se encuentran los sitios no fijos, aquellos que parecen ser espacios de nadie, no tienen un significado especial hasta que son descubiertos los cuerpos de mujeres asesinadas: “¿En cuál de estos cuatro terrenos habrán arrojado el cuerpo de María Luisa Quevedo?” (2014, p. 306). Dichos lugares que funcionan con aparente normalidad en algún momento son trastocados por la violencia, cambiando totalmente su significado, y a partir de ello, sus habitantes crean una memoria colectiva sobre el territorio: ahí es donde encontraron a una muerta.

Como parte de su investigación, Almada realiza una revisión de distintos documentos como informes policiacos y periódicos para completar las historias de estas chicas. Uno de ellos es el expediente de Andrea Danne, que se transforma en un archivo fundamental dentro del relato: “En la cama no se observan prendas de la misma desordenadas, es decir que no hay signos de violencia, los cabellos de la muerta están arreglados” (2014, p. 113). Este fragmento visibiliza cómo el lenguaje legal le arrebata su identidad a las chicas víctimas de femicidio al denominarlas sólo como las muertas, pero al mismo tiempo, la autora se apropia de estos registros para darles voz y reivindicar sus historias como un acto de resistencia.

Almada expone cómo las fotografías de periódicos y otros archivos se transforman en una memoria visual de la violencia. En cada uno de los casos de estas jóvenes argentinas hay un registro visual que documenta su vida antes de ser asesinas, pero también existen fotos en donde se exhiben sus cuerpos destrozados por la brutalidad:

Una también es de su cuerpo, en el sitio donde la encontraron. Está tomada a cierta distancia, es una fotografía en blanco y negro. Se ve el cuerpo de una mujer flotando en el agua. Me hace acordar a la pintura de John Millais, la Ofelia muerta. Como el personaje de Hamlet, María Luisa yace boca arriba. (2014, p. 185)

Ésta y otras descripciones visuales dentro de la obra se convierten en testimonios vivos de cómo los cuerpos violentados de las mujeres son fracturados, abandonados y expuestos de manera pública. Este lenguaje ligado a lo visual también genera una reflexión crítica por parte de la autora: la de confrontar a los lectores con una memoria incómoda, aquella que abruma pero en algún momento se necesita nombrar.

En algún punto del texto, la autora ya no sólo se centra en estas tres jóvenes argentinas, sino que de manera inesperada, aparecen otras chicas muertas. Durante la búsqueda, la escritora descubre nombres y lugares de diversas mujeres asesinadas, que también vienen atadas con el olvido, sus casos no están en periódicos y muchas de ellas ya sólo existen en los recuerdos de las personas que descubrieron sus cuerpos, la mayoría de las veces de manera accidental.

Selva Almada propone una escritura contra el olvido, donde sus experiencias personales se entrelazan con la de miles de mujeres víctimas del sistema patriarcal en Hispanoamérica. En la obra, la memoria adquiere un carácter estético y político al evidenciar cómo los lugares, documentos y recuerdos personales conforman historias que se resisten ante el silencio. Almada evidencia de qué manera la escritura se convierte en una herramienta que desafía la indiferencia y reivindica las narrativas de Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sara Mundín, para que sus nombres no vuelvan a ser olvidados.

*

*

*

Obras citadas

Almada, S. (2014). Chicas muertas. Literatura Random House.

Subir