Por Víctor Barrera Enderle
Como lector, he dividido mi afición a la lectura de obras biográficas en dos grandes categorías: las biografías propiamente dichas y las vidas. Yo no inventé esta división, la bifurcación proviene desde la antigüedad, y como muestras están las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio o las hagiografías medievales. En todo caso, podría establecer un primer intento de distinción, sobre todo para mis clasificaciones personales: las primeras suelen ser más solemnes, enfocadas en relatar la existencia de grandes personajes; las segundas, invierten los valores y se concentran en las nimiedades. No podría decidirme por una de ellas ni tampoco sabría decir cuál es mejor. Esto no impide que me cuestione por el propósito de escribir sobre la existencia de una persona (misterio equivalente a los motivos para redactar la vida propia). Es verdad que, como género literario, las vidas han tenido mayor valoración formal y estética. Cristian Crusat, en su ensayo Vidas de vidas. Una historia no académica de la biografía, resalta el uso de estos modos narrativos como estrategia para revertir jerarquías literarias y desplegar una peculiar lectura de la tradición cultural, o, puesto en otros términos, una vía para perpetuar el diálogo entre autores de diversas generaciones y latitudes. Tales fueron los empeños de escritores como John Aubrey (Vidas breves, de 1696), James Bowell (Vida de Samuel Johnson, de 1791), Thomas de Quincey (Los últimos días de Immanuel Kant, de 1827) y Marcel Schbow (Vidas imaginarias, de 1896).
Otros factores entran en la discusión, como la relación con la verdad, el manejo de la documentación y el archivo, el acceso a las fuentes, el uso de la imaginación y el abuso de la ficción. ¿Es posible reconstruir una vida a través de las palabras? Sabemos la respuesta. Ello no impide la recreación: el valor de las biografías y vidas radica sobre todo en el tratamiento. Hablo, por supuesto, desde mi condición de lector literario: mis preocupaciones y búsquedas obedecen a asuntos formales y estilísticos. No persigo la lección moral ni el aprendizaje positivo (o positivista). La mayor lección: la compartición de experiencias y la posibilidad de mirarnos en los demás. De ahí mi predilección por temas tan dispares como la biografía de la mascota de una artista, o las peripecias de un gatopardo francés, cuyas artimañas le permitieron no sólo sobrevivir sino mantener el poder durante la monarquía, la revolución y el imperio de Napoleón.
Sergio Pitol, al prologar la edición de Flush, de Virginia Woolf, para la Biblioteca Básica Salvat en 1971, se preguntaba: “¿Qué es Flush? No es una biografía de Elizabeth Barret Browning. Esta aparece como un personaje que sirve de tamiz a la vida de su perro. Por supuesto, se trata de un personaje importante. Sin ella, la vida de Flush sería del todo distinta”; el perro, sin embargo, sirve para mirar de sesgo la vida de la poeta y acercarnos así a su asfixiante interioridad. En realidad, lo que se pregunta Pitol es lo siguiente: ¿es la biografía un arte? Supongo que la misma pregunta la formuló Stefan Zweig cuando escribió Fouché. Retrato de un hombre político en 1929. ¿Por qué elegir a un sujeto tan oscuro para reconstruir su vida? Primero veamos cómo describe el biógrafo a su biografiado: “Traidor nato, miserable intrigante, puro reptil, tránsfuga profesional, vil alma de corchete, deplorable inmoralista…, no se ahorra con él ninguna palabra despreciativa, y ni Lamartine ni Michelet ni Louis Blanc intentan seriamente indagar en su carácter, o más bien en su admirablemente terca falta de carácter”. Zweig sabe que el mundo contemporáneo desea conocer la vida de héroes y heroínas, de reyes y reinas, pero “En la vida real, la verdadera, en la esfera de poder de la política, raras veces deciden –y esto es algo que hay que recalcar, como advertencia contra toda credulidad política– las figuras superiores, los hombres de ideas puras, sino un género mucho menos valioso, pero más hábil: las figuras que ocupan el segundo plano”. Lo extraordinario no es tanto la lección política que nos deja Zweig (tremendamente útil), sino el trabajo narrativo, el cual logra hacer de una vida ruin y miserable el objeto de nuestra atención.
No sé si realmente pude contestar a la pregunta del título de estas páginas: ¿por qué escribir la vida de alguien más? En cambio, sí estoy seguro de esto: seguiré leyendo biografías y vidas mientras nos enseñen algo más que clases de moralidad o lecciones de historia.

