Por Eduardo Zambrano
Entre los poetas japoneses que encabezaron a principios del siglo XX la trasformación de las formas tradicionales del haiku, está Ozaki Hōsai; pero sin duda, más allá de los convencionalismos y polémicas literarias, lo que prevalece hasta la fecha, ahora que se cumplen cien años de su muerte, es la herencia sensible, asombrosa hasta dolernos, de su poesía.
Hōsai muere el 7 de abril de 1926 a los 41 años, solo, marginado por la enfermedad del alcoholismo y problemas de salud en sus vías respiratorias. Para entonces, como un legado de vida, había escrito más de cuatro mil haikus, de los cuales, en una cuidada selección, aparecería su único libro (póstumo): Daikū (大空, o “Vasto cielo“).
En una breve semblanza, se pueden destacar apenas cinco instancias clave en la figura de Ozaki Hideo (su verdadero nombre):
. Fecha y lugar de nacimiento: 20 de enero de 1885, en lo que hoy es parte de la ciudad de Tottori, Japón.
. Estudios: Ozaki hizo estudios de Derecho y se graduó en 1909 en la prestigiosa Universidad Imperial de Tokio.
. Ficha curricular: un desastre; después de unos diez años de trabajo, termina su carrera ejecutiva en una prestigiosa empresa de seguros de vida. Poco tiempo después, pasa a otra empresa del mismo ramo, pero igual lo despiden.
. Para 1923 arruina también su faceta de “emprendedor” y la idea de montar un negocio propio en Manchuria, fracasa.
. En 1925 el poeta rompe con todos los convencionalismos sociales, incluso el de su matrimonio. Se estableció entonces en Shodoshima, una isla en el mar interior de Japón, en la prefectura de Kagawa; ahí se desempeñó como conserje del templo Minangoo-an.
. A la par de las prácticas religiosas, el poeta se adentra en la contemplación e intensifica la escritura de haikus, pero ese remanso espiritual no duraría mucho, las complicaciones de salud terminan con su vida.
Puntualizo ahora en la esencia de su obra, donde sus haikus destacan porque gradualmente fueron escapando del formato convencional, rompieron así con la estructura tradicional de 5-7-5 sílabas (moras) y en algunas ocasiones prescindieron del uso del kigo (palabra que refiere a una estación del año); además, se incorporan también nuevos elementos que se desligan de la naturaleza, elementos que apuntan a un estado de desconcierto y soledad, que nos conmueven:
aunque lo sé vacío
vuelvo a intentar abrir
el cajón de escritorio
….
todos*los clavos
en la caja de clavos
están torcidos
*En Japón hay una referencia lingüística distinta para el “todos” que refiere a objetos y el “todos” que apunta a personas; en este poema, en el “todos” los clavos se alude (paradójicamente) a nosotros como personas.
En el prólogo del libro Muevo mi sombra (Hiperión, 2018) se destacan dos peculiaridades propias de Osaki Hōsai: por un lado, el poeta “nos enseña una nueva manera de mirar”, una mirada que escapa al asombro “ceremonioso” propio de la espiritualidad japonesa, y se sitúa en una suerte de extrañeza o admiración infantil más íntima, sencilla, y por tanto conmovedora:
qué hermoso color
el de la lagartija
en este jardín en ruinas
…
al derretirse la escarcha
brillan los pájaros
…
una sola ventana
abierta
amanece en el mar
El otro aspecto que se señala en el prólogo y en cualquier nota que refiera al poeta, es la visión (verse él mismo) en un silencio que hace eco, por así decirlo, en su enorme soledad:
se escucha el anhelo
en el susurro
de las hojas de bambú
…
a orillas del mar
vuelvo la mirada
ya no están mis huellas
…
en tan profunda soledad
intento mover mi sombra
Junto a la trayectoria de Osaki Hōsai (1885-1926) está la de Ogiwara Seisensui (1884-1976), que fue también un precursor de las vanguardias en Japón, sin duda más proclive al estudio, incluso más longevo, y el encargado de hacer posible el libro póstumo Vasto cielo, antes referido; gracias a su constancia, hubo una reedición ampliada de la obra de Hōsai en 1945.
Taneda Santoka (1882-1940), que ha sido más favorecido en traducciones al castellano, fue otro compañero de generación con una propuesta poética disruptiva, una vida que se dispersó también en el alcohol y luego da un vuelco, un refugio en la contemplación espiritual como monje budista; sin embargo, aun con estilos muy parecidos, pueden distinguirse con sellos existenciales muy peculiares: mientras que en la obra de Santōka se hace evidente su errancia de monje mendicante por todo el Japón, en Hōsai hay un exilio ensimismado bajo el cobijo solitario de ser conserje del templo Minangoo-an.
un ruido que retumba
se cierra el portón
el templo duerme
El estilo de Santōka es directo y muchas veces descriptivo en sus vivencias, el de Hōsai se cierra en una soledad profunda y una sensación de abandono, una intensidad emocional, un estado de ánimo melancólico.
duerme el mar ya ennegrecido
al llegar a la posada
…
de la oscuridad
del pozo
descubro mi rostro
…
en duermevela
resuenan las tijeras del florista
…
qué soledad
al mirar mi mano abierta
En la cultura japonesa, el poeta suele cambiarse el nombre para hacer evidente un atributo suyo. De esta manera, el nombre de origen Ozaki Hideo, conocido actualmente por su haigo (nombre que se da como poeta) Ozaki Hōsai, sufrió un cambio sustancial que merece ser explicado más allá de lo anecdótico. Y es que en un inicio su seudónimo “Hōsai” estaba escrito con los caracteres “芳哉”, portando en el primer kanji el significado de “perfume” o “fragancia”, el cual resultaba ser el mismo, que en el nombre de Sawa (沢芳), Sawa Yoshie, su gran amor de juventud y prometida en matrimonio. Sin embargo, al ser rechazado su matrimonio, los caracteres que gradualmente empieza a usar son “放哉”, mismos donde se mantiene la pronunciación, pero cambia la profundidad de su significado, ya que el kanji “放” significa libertad, una libertad que igual refiere al acto de emanciparse, pero también de destierro, un destierro interior que le llevó a su azarosa, corta, atropellada vida.
escucho
en el silbido de la pirotecnia
el viaje en ascenso
Detalles como éste del nombre del poeta, no sólo dan luz a la fuente de sus sentimientos, sino también a las particularidades del idioma japonés, mismo que conlleva implícito un reto, y un reto más sublime cuando se trata de poesía; por eso, quiero dejar en evidencia un sensible agradecimiento, me explico. Aunque los textos que se han transcrito para este apunte son del ya citado Muevo mi sombra (Hiperión, 2018), se aprovecharon las versiones originales que vienen en el libro para que Damián García Camacho, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León y con estudios complementarios del japonés, nos ofreciera sus propias versiones. Damián participó también en el taller creativo y curso de orientación al haiku, que la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria me permitió impartir el año pasado (2025). Le reitero mi agradecimiento por su tiempo para incorporarse a esta iniciativa. Dada la brevedad de los textos, algunas veces las variaciones son mínimas, en otros casos se sugiere una palabra distinta para fortalecer la imagen poética o en otros casos, reordenar los enunciados; pero hay instancias donde los cambios enfatizan un elemento, que aparece en el original, y que la traducción de Damián rescata, apunto, en la versión del libro, página 44:
Itsu made mo wasurerareta mama de kuroui koomorigasa
Lleva olvidado,
a saber desde cuándo;
paraguas negro.
Y en la aproximación que nos ofrece Damián va de la siguiente forma:
siempre en olvido
como el murciélago
paraguas negro
En este otro texto (pag.19) aparece la imagen de unos zapatos rotos que se aprestan a seguir el camino ante un día más amigable:
Yabureta kutsu ga pakupaku kuchi akete kyoo mo hareru.
En la versión de Teresa Herrero, del libro ya referido, se nos comparte:
Mis zapatos hechos pedazos,
abren y cierran sus bocas,
hoy también el día está despejado.
En la versión para esta reseña se incorpora la onomatopeya que busca sugerir en los zapatos rotos, la imagen de masticar (andar el camino) con un alegre “ñam ñam” antes de iniciar un día de sol, más benigno:
hoy sale el sol
abren la boca ñam-ñam
mis tenis rotos
Supongo que para aquel entonces, de principios del siglo XX, el joven Hōsai no usaba tenis; pero la traducción de Damián (un joven universitario del siglo XXI) le ha regresado al poeta japonés su frescura en medio del desasosiego y de sus gastados caminos de soledad. Cierro entonces el apunte recordando la herencia poética en los haikus de Ozaki Hōsai; a cien años de su muerte, acompañarlo será como entrar en la serenidad de un bosque (como el de este haiku) y escuchar en el silencio… su intimidad de hoja caída:
esta sola hoja
en la serenidad del bosque
ha roto el silencio


