Por Barbara Monsinváis
Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí […]. Cierro los ojos a un placer tan intenso. […]. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer lo que se dice, cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios se recubren, todo es arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo.
El amante, de Marguerite Duras
Es materia. El poema, el deseo, el amor, todo aquello que encontramos amargo lo es así: cuerpos que se desencuentran, una moneda que es lanzada al aire, deambula y tropieza con todas las ambigüedades que esta realidad impone, no demuestran, dice Villarreal, sino “un pequeño y cerrado mundo donde se tasajea al amor. […] Rasgan y, si es posible, hieren el cuerpo amado”. En Esta casa soy yo, libro editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, bajo la dirección de la Editorial Universitaria, se reúnen textos y ensayos que Minerva Margarita Villarreal escribió y publicó en diversos medios y suplementos culturales a lo largo de su trayectoria. Estos escritos trazan una ruta de su pensamiento, centrada en la situación de las mujeres y la escritura de autoras; pero más allá de querer conversar acerca de los nombres que Minerva leyó y escribió al respecto para rescatar, quizá enaltecer, en nombre de ser mujer, me interesa hilar estas fugaces maneras que tuvo la poeta y ensayista para referirse, construir y amar la literatura hecha por ellas.
Fuerza, insensatez, una mujer que navega la realidad por una fantasía de relojes que indican otro tiempo, compulsivas, atrayentes, desgarradoras, inquietas, deseantes y deseosas, como una madeja de situaciones enredadas, son descripciones que me saltan a la vista casi como peces quejándose por la asfixia del frío; cual seres de todas las aguas, muy inquietos, por saber volar. Saltan y ya en el aire toman vuelo, hacen maromas o se retuercen, destilan sus colores frente a todo ese azul inacabable, sedientos, muriendo de sed por oxígeno. Hastiados de la sal, estos peces utilizan sus escamas como flechas y navajas: “mírame”. Quieren distinguir otro olor que no sea la hueva roja siempre brillante y pequeña, granaditas.
¿A qué sabrá la tierra? No sabrán caminar, por supuesto; al principio se arrastrarán, por ello sus pechos quedarán destrozados sobre el piso, el fuselaje de cuerpos extraterrestres, marítimos; rascarán sus escamas y éstas, al final, se esconderán. Quizá se siembren solas. Persigan las raíces de los olmos confundiéndolos con algas y viajen hasta el centro de la tierra, donde nace otro mar: uno más caliente, dorado, que se derrama queriendo, queriendo, queriendo partir la tierra. Que a causa de sus vientos, sus furiosas, ha hecho fauces y volcanes sin saber de Céfiro ni de Bóreas, porque no hay más allá que el centro; no existe el espacio salvo para extenderse.
Luego, llega Minerva. Caza con sus dedos tentando el agua, casi tocándola. Quiere provocarla. Someterla al juego de la imposibilidad del desfase. Minerva se acuerpa de pescador, flecha con un arco como pico (el gancho), sumerge. A buenas, el mar no da tiro; en él no existe blanco, un punto fijo. Todo lo que se adentra a él pierde: orientación, fijeza, seguridad. Todo se mece aquí, entonces, ¿a qué tiras? Si estos pececitos intentan distraerte,
-esto es una verdadera cacería: acontecer, prestar atención-, ellos te persiguen a ti, señuelo, cuando intentas atrapar a alguno persiguiendo el movimiento, la ruta o el chapoteadero de la corriente-cola que dejan. Se fugan ellas. Medusa, Minerva, son intercambiables los nombres de animal y humano al igual que las palabras y los tentáculos, así también la caña de pescar y el arpón; creo que lo sujeto a decir electrificación y envenenamiento. En la medusa se ha convertido a sí misma Minerva. Pica el torrente, pica el mar, invade de anzuelos y cebo, intenta encender(se) a esas peces, para transitarlas advierte: “busquen: una temperatura”, mas el pensamiento minérvico fustiga. Se prepara para el golpe y cierra sus ojitos.
La poesía, la palabra mayor, “la tentativa de apremiar a Dios para que hable” en las condiciones de no poseer nombre. Es incierto.

