Por Guillermo Lozano Flores
- El neo capitalismo y la cultura de masas
Resulta muy de nuestros tiempos posmodernos haber proclamado el fin de las ideologías y la historia con el triunfo del libre mercado sobre el bloque socialista. Sin embargo, el mundo entero siguió en pugna al verse socavado por tantas y tan diversas ideologías o formas de pensar y percibirle en conflicto. La sombra del socialismo palideció hasta a apenas no hace muchos años, con triunfos de la izquierda en algunos países importantes, y toda la crudeza de las pugnas en Medio Oriente emergió.
Al mismo tiempo, el neocapitalismo o neoliberalismo intentó homologar al diferente, al minoritario y a los grupos que antes marginaba bajo la lógica de los derechos pro consumo. Visto así el panorama pareciera más bien que, como ha ocurrido históricamente, la ideología dominante sigue en pugna al homologar distintas formas de concebir al mundo en su “hibridez” y, de soslayo, querer desvanecer, con el antiquísimo embrollo del fin de la historia, el fin mismo de las ideologías y la ideología como término por antojársele, desde su concepción misma, como una forma – o diversas formas– de “verdad absoluta” (Eagleton, 1997:13); o por simple asqueo hacia la “crítica ideológica”(:14) que ¿cuándo ha aceptado la derecha dominante a nivel mundial?[1]
Curioso es que, siendo un sistema económico e ideológico, el capitalismo de nuestros tiempos encumbre al feminismo cuando siempre lo desvirtuó en función de la sociedad heteropatriarcal que lo fomentó, pero que ahora utiliza para encumbrar a las mujeres como las nuevas y orgullosas perpetradoras de su sistema de competencia y explotación al “empoderarlas”.
Éste sería un claro ejemplo de la hibridez de homologación del libre mercado. Otro ejemplo sería la contracultura que, con especial énfasis a partir de la última década del siglo XX, incorpora a gran velocidad la música y lírica que denuncia al mismo sistema como otra forma de mercado. Muchas de las más icónicas bandas del grunge, cuyos principios eran neta mente anti establishment, ahora son los que venden más caros los boletos para sus conciertos. De las ideologías más críticas, fueron las más híbridas y convenientes al sistema, que desdeñó por obsolescencia todos sus conceptos ideológicos opuestos. Palabras y términos como praxis, revolución, o lucha de clases, pasaron al ostracismo en la triunfal lógica del libre mercado pues: “El pensamiento posmoderno tiende a ver toda ideología como un producto teológico, totalitario y con raíces metafísicas” (ibídem).
Pero es precisamente la ideología la que hace que veamos a algunos hombres y mujeres como dioses y a otros como bichos; o en jerga más trompista: como supuestos libertarios o como terroristas, ya que: “El opresor más eficaz es el que convence a sus subordinados de que amen, deseen y se identifiquen con su poder” (:16); poder que se detenta además mediáticamente para que las ideas vayan más allá de la imagen de un hombre. Las ideas –raíz misma de la palabra ideología–, son las que nos hacen morir o vivir por ellas, pues parten de un “ellos contra nosotros”(2006:2), explica en un tenor de asuntos más discursivos, Teun Van Dijk.[2]
Dicho lo cual, a la ideología, para ser efectiva, le atañe todo aquello por lo que hombres y mujeres considerarían desear, pelear o imaginar. La ideología es, entre otras definiciones: significados, signos y valores; ideas características de un grupo social; legitimación –que incluye ideas falsas– de un poder dominante; ilusión; comunicación deformada; e intereses sociales e identitarios que funcionan para dar sentido al mundo. Se podría asegurar de manera más o menos fatal, mísera y concluyente que en el neoliberalismo – o post capitalismo, neo capitalismo; en la era posmoderna– el feminismo y la contracultura alimentan, sin haberlo querido en sus genuinos principios, al mercado de la competencia y el consumo al perder de vista que el enemigo no es “el hombre”, sino el sistema (y el sistema ideológico, por supuesto).
Incluso, quien diga que no tiene una ideología, pero sí una afición, podría estar alimentando sin saberlo la ideología del consumo, precisamente, o “nuestros modos más o menos deprimentes de dar sentido a la vida” (1997:20), diría Terry Eagleton. Y no estamos aquí aun hablando sobre religión, otra forma de ideología que suele adaptarse a la ideología dominante. A riesgo de entrar y salir un poco en la arena de consumo para las masas, tal situación del ideologizado inconsciente me recuerda una frase de la novela y la película El Club de la pelea, dicha por el personaje Tyler Durden (interpretado en la película de 1999 por Brat Pitt): “Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos e impresionar gente a la que no le importamos”; clara ironía en torno al descarado y presuntuoso consumismo capitalista; aunque este ejemplo no pertenece a un actante desconocedor del sistema de ideas, pero que, al interiorizar la situación mediante la ironía – y como figura retórica y de pensamiento, por supuesto– le vuelve un dialogante sintomático de un sistema de cosas; alguien que, como muchos de nosotros en infinidad de situaciones, se da cuenta de los absurdos de vivir bajo el manto de estiércol del libre mercado.
Y pues al criticar tal sistema de cosas, yo también escribo ideológicamente, ya que una primer forma de derrocar sistemas fallidos, o al menos de evadirlos, de combatirlos, de no caer presas de sus falacias de la felicidad, es saber detectar sus índices, sus signos y sus síntomas desde dentro de sus productos; como podemos considerar un poco al mismo actor Bratt Pit y a las producciones cinematográficas Hollywoodinenses, para quienes, como se ha mencionado antes, la contracultura y la crítica también pueden ser tomados como productos de mercado. A nivel cultural, la superposición homologadora de la clase media mundial de la que hablan Claude Grigton y Jean Claude Paseron en su libro Lo culto y lo popular (1992), es, al menos en los países tercermundistas – a los que ahora se les atenúa la clasificación por la de “en vías de desarrollo”, para que no se oiga tan feo– y ,como se hace referencia, para enterrar todo lo que tenga que ver con terminología marxista, una falacia; falacia gravemente acrecentada y evidenciada a nivel mundial con el aislamiento obligatorio debido a la pandemia de COVID 19 que sufrimos en el año 2020, pues los paladines del libre mercado mundial, ese microscópico puñado de personas que controlan al mundo desde los países más desarrollados, parecieron más bien haber querido desaparecer a la clase media, ya que un gran número de personas quedaron sin trabajo y, en los países subdesarrollados, tal situación fue aún más dramática. Es decir, que tuvieron el descaro de llamar “clase media” a la pobreza masiva que crearon a nivel mundial para imponer una nueva organización tecnocrática.
De modo que, en términos generales, la ideología del libre mercado ha estado lejos de homologar al mundo en la clase media. Se trata de una más de sus fantasías discursivas para engañar a media humanidad, pues lo único que ha venido haciendo este sistema fallido es –salvo en los países donde han triunfado ideologías más cercanas a la izquierda– aumentar, sea a base de engaños o con impositivos decretos descarados que anulan sus derechos, la pobreza y la carencia de recursos y medios de subsistencia para la gran mayoría de las personas. Esto aún sin mencionar el homofóbico racismo excluyente que se permea incluso en su mediática dominante, como es el caso de los anuncios publicitarios de los pantalones “American Eagle”, además de cierta ideología de clase”[3].
- Colonialismo sin aparente final y el falaz discurso democrático de la derecha dominante; pero la música…
Por mencionar otro grave ejemplo de este estado unidimensional de cosas que –otra vez paradójicamente– se concita inclusivo, en un entorno más político, Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos, tilda de terroristas o de dictatoriales a todos los mandatarios con los que no llega a acuerdos para sustraer petróleo de sus países; o con quienes no logra algún tipo de tratado que beneficie a su propio país, siendo, irónicamente y casi con seguridad, el mayor sheriff terrorista del mundo y al mismo tiempo el gran hazmerreír; esto por llegar al colmo del cinismo hipócrita en muchas de sus declaraciones, mismas que abusan de la desigualdad –sobre todo de poder– entre los países.
Pero aún a pesar de los triunfos mundiales de una derecha recalcitrante o de que el presidente del país más poderoso del mundo pertenezca a esta corriente anti democrática supremacista de extrema derecha, hay culturas y grupos sociales que se posesionan frente a la cultura dominante, como ocurre, por ejemplo, con infinidad de bandas que cantan en español y cuya postura, desde la lengua, implica hacer frente a la lengua dominante y colonizadora en un orden mundial.
Por otro lado se podría argumentar, por ejemplo, en el caso de bandas como Jumbo o Kinky, dentro de “La avanzada regia”, o de las roqueras hermanas de “ The Warning” y de muchos artistas que, para alcanzar más mercado, cantan en inglés, su clara asimilación; pero tal postura sería ambigua, pues se trata de artistas que tuvieron las posibilidades de adaptarse al mercado mundial o de individuos que fueron educados desde niños en esa cultura lingüística (casi siempre juniors de familias adineradas y buenos contactos mediáticos que fueron a colegios privados). Así es que sin engañarnos: Cuando logran tal adaptación satisfactoriamente, han asimilado o forman parte ya y fueron educados en la cultura dominante.
Casos contrarios son los de Juanes, Maná, Saúl Hernández o Gustavo Cerati, entre los ejemplos más destacados, quienes tributaron a bandas como Led Zeppelin o The Police, o formaron parte de la musicalización para películas extranjeras y siempre versionaron o cantaron en español. Claro que hablamos de individuos o bandas excepcionales representativos, casos de enorme éxito en su propio mercado, por ende, representantes del mismo y, de nuevo, élites. Pero, aunque sean populistas, representan una forma de resistencia desde dentro del mismo sistema cultural dominante.
Aunque ha evidenciado sus inconsistencias en la era neoliberal, el capitalismo está lejos aún de morir o erradicarse; pareciera no tener fin más bien. Pero su crítica y sus mismas inconsistencias nos han legado el fin del sexismo, al menos; aunque difiero con Boaventura de Sosa Santos (2010), cuando habla de que, según una de sus vertientes críticas, epistemológicamente se haya “vencido el colonialismo” (:8) por lo dicho anteriormente: si bien por ejemplo el nuevo feminismo ha situado mayoritariamente a mujeres en puestos de poder (consigna global, hay que apuntarlo), aún estamos lejos de generar perspectivas políticas más benévolas para la mayoría de la población y en muchos de los casos, la guerra sexista se ha encrudecido, pues aunque las economías cambien o se mezclen – como es el caso de las economías brasileña y mexicana, denominadas “economías mixtas” – no sólo el capitalismo sino las maneras de su colonialismo por este sistema de ideas, las formas sociales y su praxis en términos de lenguaje y costumbres que trae consigo todo poder hegemónico, son las que resultan más difíciles de erradicar, pues se trata de:
[…] una gramática social muy basta que atraviesa la sociabilidad, el espacio público y el espacio privado. La cultura, las mentalidades y las subjetividades. Es, en resumen, un modo de vivir y convivir muchas veces compartido por quienes se benefician de él y por quienes le sufren. (: 15)
Así como ha ocurrido con la contracultura, finalmente utilizada para entretenimiento global, el neocapitalismo en sus facetas mixtas retoma algunos términos de la teoría crítica como, por ejemplo, el “Desarrollo Alternativo” o la “Democracia Sustentable”. Pero las democracias con tendencias de izquierda hacen legalmente por cumplirlos, mientras que los políticos conservadores de derecha les utilizan como retórica falaz. Incontables y bien documentados han sido los casos en los que, si la política triunfal es de derecha, copia el discurso de la izquierda para concitarse democrática, pero al postrarse en el poder o al llegar al mismo por fraude y asesinatos, jamás hace o hará por cumplir las necesidades de los pueblos e intentar igualar las riquezas y la justicia social. Mas al contrario: sitúan países enteros en estados retrógradas social y económicamente, derogando derechos ganados con antelación –como ha sido el caso de la actual Argentina con Javier Milei o las radicales políticas anti-migrantes de Donald Trump– o, de plano, llega al poder mediante golpes de estado, sepultando de paso y por completo sus iniciales etapas “estabilizadoras”, aquellas políticas keinesyanas de principios del siglo XX.
Quizá en primera instancia, y para des-colonizar el pensamiento latinoamericano, habría que repensarlo en términos que no fuesen eurocéntricas o anglosajones, porque los grandes contrapesos a las hegemonías dominantes en Latinoamérica e incluso en México, se han dado fuera de ese discurso y con características y necesidades muy específicas y siempre emancipadoras que les atañen directamente a los pueblos y organizaciones –de trabajadores, mujeres e indígenas, principalmente– en discrepancia incluso con el germinal pensamiento de izquierda europeo pero no pocas veces hermanadas en general con la izquierda latinoamericana. No por nada, Andrés Manuel López Obrador, ex presidente de la izquierda progresista en México del 2018 al 2024, brindó asilo político al presidente boliviano, indígena e indigenista, Evo Morales cuando ocurrió un golpe militar perpetrado por la derecha radical y conservadora de su país durante el 2019.
Toda esta preponderancia a las etnias indígenas y los grupos marginados o más vulnerados históricamente por el dominante colonialismo, ha sugerido que por ejemplo, en Latinoamérica, surja la tendencia a nombrar la “epistemología del sur”; la “temática campesina e indigenista del país” (:19), que progresivamente dejaría de vincularse con la teoría marxista; aunque en principio dicha teoría le complemente para lograr la emancipación y a la larga tengan en común otra visión de mundo respecto de la del libre mercado, ya que el propio marxismo también es un término eurocéntrico.
Pero volviendo al tema de la música, o de cómo se refleja este estado de cosas en ciertas propuestas musicales, habría en principio que apuntar sobre la forma del colonialismo en caminos casi opuestos, ya que mientras socialmente tal y necesaria descolonización se centra en las genuinas necesidades de los pueblos y los grupos sociales, la música integra lo marginal al centro por a) mera curiosidad creativa (que puede ser también una necesidad en términos anímicos) y/o b), por imponer modas o innovaciones en términos estéticos como propuesta de marketing. Tomemos como ejemplo a Sting, el afamado músico británico que además lideró la banda The Police y que tuvo un éxito descomunal por al menos una veintena de años.
Desde que tocaba, cantaba y componía en The Police, comenzaron ellos a experimentar con rítmica latina en algunas de sus canciones, cosa que, en México y Colombia por emulación, también incorporaron bandas como Maná –un poco Caifanes aunque no influenciados por ellos– y Ekimosis (y, también, su ex líder en solitario, “Juanes”). Dicha experimentación con músicas de otras latitudes resultó en principio una innovación para el mercado de la música pop del mainstream allá en la década que va de 1980 a los noventas con otros solistas y bandas como Santana, Peter Gabriel y Toto, por mencionar más ejemplos.
Se trató de fusiones no pocas veces “pastiche” que ha hecho siempre la cultura pop musical: nutrirse de la música popular, es decir, la genuinamente autóctona, pueblerina o de las calles, para presentarle como producto novedoso al gran mercado de masas a través de algunos artistas. Luego, tal fusión de músicas latinas, africanas, árabes o hindúes hasta entonces poco conocidas por el mainstream anglo, se evidenció mucho más en la carrera de Sting como solista, por volver a nuestro ejemplo inicial, a la que incluso en hasta sus últimos discos, ha incorporado raíces e instrumentación sonora de cierto jazz antiguo.
Se podría argumentar y desarrollar hasta aquí aquello ya antes mencionado de que se trata de músicos que son y han sido fenómenos masivos y que en función de seguir renovándose a sí mismos realizan tales propuestas etno- sonoras, pero hay músicos como Sting, Maná, Juanes, Caifanes, entre otros, cuyo alcance va más allá de imponer novedades sonoras y junto con su propuesta intentan generar un cambio social. Ahí es cuando la música sola recuerda sus raíces, visibiliza a los marginados y rescata su originalidad más allá de ir con modas globales, cosa que –salvo por El Gran Silencio– no superó ningún grupo de la denominada “Avanzada regia”, ya que, quizá también salvo por Kinky, cada uno era comparado con alguna banda anglosajona que imponía las tendencias globales de la música por entonces, allá en el periodo de la música alternativa, el hip hop y el grunge. Pero en un orden más anticolonial y antidiscurso dominante, afortunadamente a lo largo de la historia han existido y siguen existiendo incontables casos en que los artistas ponen el dedo en la llaga en cuanto a los escollos siempre invisibilizados por el poder dominante; esto además de nutrirse de legados culturales milenarios que emergen y prevalecen en el folklore de los pueblos e incorporarlos a sus performances.
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Semblanza
Guillermo Lozano Flores (Monterrey, N.L.,1977). Bibliotecario, Asesor Académico, Escritor y Músico. Licenciado en Letras Españolas y Maestro en Ciencias con Especialidad en Lengua y Literatura por la UANL. Además de artículos sobre música, literatura y cine, algunos de sus poemas y fragmentos de sus novelas aparecen ya en un nutrido número de revistas y páginas virtuales especializadas nacionales e internacionales. Ha publicado un disco, un poemario y dos novelas cortas.
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Bibliografía:
Boaventura de Sousa, Santos (2010) Descolonizar el saber, reinventar al poder. Ediciones Trilce.
Eagleton, Terry (1997) Ideología, una introducción. Jorge Vigil Rubio (trad). Editorial Paidós.
Grignon, Claude (1992) Lo culto y lo popular. (Miserabilismo y populismo en la sociología y en la literatura). Ediciones Endimión.
Van Dijk, Teun A. (2006) Ideología. Un enfoque multidiciplinario. Gedisa Editorial.
[1] El texto titulado “Culturas híbridas”, de Néstor García Canclini, fue la sensación en su momento por su concepto de la hibridez para justificar cómo se fusiona la cultura dominante con las dominadas, pero luego fue muy criticado por omitir de manera deliberada o intentar homologar en un concepto -digamos pacificador- para tal choque de culturas; es decir, lo que en realidad era la imposición de una cultura sobre otras.
[2] Para mayor extensión de tal propuesta, puede consultarse su libro: Ideología. Un enfoque multidiciplinario. Gedisa.
[3] Aunado a férreas políticas anti-migrantes, no sólo en Estados Unidos, sino en la mayoría de los países poderosos donde obviamente se concentra el capital del mundo que debiera de distribuirse más equitativamente, puede echársele un ojo al anuncio de los mencionados y encarecidos pantalones de mezclilla en el cual la actriz Sidney Sweeney, sugiere cierta tendencia discursiva en torno a la supremacía aria.

