Por Lizbet García Rodríguez
*
La columna “Retratos del tiempo” repasa la presencia en la Universidad Autónoma de Nuevo León del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, colaborador del Festival Alfonsino, ganador del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, en su edición 2017, y quien recibiera el grado de Doctor Honoris Causa por esta casa de estudios en 2018.
*
Los viajes de Antonio Pigafetta y Fernando Magallanes alrededor del mundo y su paso por nuestra América meridional fueron recogidos en un diario que, según dijera Gabriel García Márquez en el discurso a propósito de su Premio Nobel de Literatura, parecían relatos sacados de una aventura de la imaginación.
“Estas historias nacidas de los sueños y las fábulas de la fantasía popular europea se diseminaron en tierras de América con renovada virulencia, para pasar a ser parte de un imaginario común, bajo el calor de una mezcla insólita de culturas”, expuso el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, durante su visita de 2007 a la UANL para impartir una conferencia sobre literatura latinoamericana.
Un transcurrir de conquistas, venganzas, enemistades, predestinaciones, fenómenos naturales y encontronazos de culturas sucedieron al arribo de los occidentales. Leyendas eternas y comunes como el despojo de tierras, la búsqueda de la civilización, guerras, represiones, huelgas, deudas, gente empobrecida poblaron entonces este lado del mundo.
De acuerdo con Ramírez, ese avanzar histórico del descubrimiento de América encontró una analogía en la obra cumbre de García Márquez; pues no fue casual, asegura, que el colombiano abriera con este tema su esplendida locución en Suecia sobre la soledad de América Latina; sin dudas encontró en Pigafetta a un par, alguien incapaz de separar por un instante la verdad de la imaginación.
“La imperturbable destreza de contar mentiras sacadas de la entraña a la realidad cotidiana, como las contaba la princesa Sherezada en Las Mil y una Noches, y como las contaban a García Márquez sus abuelos, es el hálito invisible que habrá de mover las bielas de Cien años de soledad.”
La presencia de Sergio Ramírez en el Festival Alfonsino de ese año, puso sobre la mesa una exquisita disertación sobre el realismo mágico predominante en la novela latinoamericana. La manera en que el estilo garciamarquiano colocó la historia de Cristóbal Colón y sus hombres como héroes de batallas perdidas, en las vividas por el coronel Aureliano Buendía, vino a enterrar la imaginación en nuestro modo de ser y creó nuevos mundos de utopías.
Fue entonces –sostuvo el escritor centroamericano– que la fantasía de los pescadores que soñaban con encontrar oro en la barriga de un pescado, o los carpinteros que soñaban a sus hijas convertidas en princesas y miles de ilusiones más, hallaron relatos de sus historias propias en la intimidad de la novela.
“Y ahí nace nuestra sombra, ante la sobrevivencia tan contemporánea de lo pretérito, donde se revuelven en un torbellino el autoritarismo arcaico de las formas patriarcales de poder, la persistencia de la familia encerrada en sí misma como fetiche apolillado, las costumbres sociales que privilegian la represión del sexo, el sometimiento de las mujeres, la ceguera y la superstición religiosa que viven en este universo de ascendencia rural que es Macondo.”
Un cúmulo de equivalencias desplegadas en el análisis de Sergio Ramírez, advirtieron cómo la propia vida que evolucionaba en el continente americano era reflejada en pasajes literarios, no solo a través de García Márquez sino además de exponentes como Alejo Carpentier, Carlos Fuentes y Juan Rulfo. El estilo patriarcal presente en la novela latinoamericana, aun en el siglo XXI sigue siendo la institución más fuerte de las sociedades de estos países. En América sigue habitando el conflicto social, las pasiones ardientes, el viento y las músicas descritas por los escritores del Boom y las generaciones subsiguientes.
“Los escritores latinoamericanos no pueden evadir la temática continental, es una manera de verse uno mismo. Nicaragua, por ejemplo, es un país muy pequeño, pero daría para varias docenas de novelas. Hay mucha diversidad en América Latina y son muy vastas las tradiciones culturales. En mi obra ha prevalecido mi pasión por meterme dentro de la historia, navegar en sus aguas, oscuras muchas veces, iluminadas otras, desentrañar lo que ha sido nuestro pasado, cómo nos repetimos siempre como en un mismo molde quebrado, somos los mismos, pero somos otros, solo cambiamos de disfraces y maneras de vestir, sin embargo, nuestras pasiones políticas, nuestras inquinas siguen siendo las mismas.”
Luego de abandonar por un tiempo su carrera literaria para incorporarse a la Revolución Popular Sandinista que derrocó la dictadura de Anastasio Somoza, regresó a su oficio y, con la novela Castigo divino (1988), recibió el Premio Hammett en España. Autor de una extensa obra literaria en géneros como novela, cuento, testimonio y ensayo, recibió en 1998 el Premio Alfaguara por su novela Margarita, está linda la mar; y el Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera traducida en Francia en 1998. Su modo de disfrutar la identidad, la lengua, la manera latinoamericana de ser, las tradiciones y la diversidad le dejan ver en la literatura un espejo que resplandece en generaciones recientes.
“Se ha tendido un puente entre los escritores jóvenes y los llamados “del boom”. Y hay una constante en las novelas latinoamericanas que ni el paso de los siglos ha borrado, es el apego a la historia pública, la fantasía y la realidad como complementos que desembocan la creación, nuestras novelas latinoamericanas no cuentan historias privadas sin que esto se enmarque en un escenario de la vida pública, de la Historia con mayúsculas.”
Para quienes se inician en el arte literario, Sergio Ramírez dejó también su enunciado: cuidar la escritura, asumir la voz pública con responsabilidad y seguir dibujando la inconfundible mixtura del colosal continente americano.

Doctor Honoris Causa por la UANL
Su trayectoria literaria está ligada a la UANL a través de visitas y colaboraciones editoriales en el Festival Alfonsino de 2007, 2012 y 2015; la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2012; y la publicación y presentación de su libro A la mesa con Rubén Darío (2016), entre otras.
Después de recibir en 2015 el Premio Internacional “Carlos Fuentes” a la Creación Literaria, Sergio Ramírez Mercado se convirtió en el primer escritor centroamericano en recibir, en 2017, el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. Un año después regresó a la UANL, donde el Honorable Consejo Universitario le otorgó el grado de Doctor Honoris Causa. En ese marco, dialogó con la comunidad de estudiantes y docentes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, y presentó, en la Casa Universitaria del Libro, su novela Ya nadie llora por mí, publicada por Alfaguara.
El 26 de septiembre de 2018 tras acercarse al estrado del Teatro Universitario para recibir un diploma con la distinción académica de Doctor Honoris Causa y la imposición de la estola, la medalla y el birrete por sus aportes a la literatura, Sergio Ramírez expuso un emotivo mensaje del cual reproducimos dos fragmentos:
“En mi formación humanista aprendí que la universidad es el universo, el todo activo en el que cada parte no puede faltar sin dañar a la otra, aprendí la máxima de Publio Terencio Afro: soy un hombre, nada humano me es ajeno. Nada del humano es ajeno a la universidad que se debe a una formación integral, capaz de crear profesionales eficaces y útiles para la sociedad, modernos en el conocimiento, críticos frente a las verdades precocinadas, renovadores del pensamiento, lectores incansables, curiosos sin medida y sensibles ante su entorno, que en América Latina es injusto con tanta desmesura. Ser dueños en fin de una voluntad transformadora”.
Y concluyó:
“Gracias al Honorable Consejo Universitario por la gracia de hacerme para siempre parte del claustro de esta Universidad que evoca para mí la figura tan inmensa de don Alfonso Reyes, de cuya sabiduría humanista tanto he aprendido a lo largo de los años de búsqueda y cuyo abuelo paterno Domingo Reyes, a quien él evoca en Parentalia, el primer capítulo de sus memorias, nació en León de Nicaragua, allá donde yo encontré las primeras luces de mi propio humanismo beligerante”.


