Por Lizbet García Rodríguez
*
Retratos del tiempo trae a la memoria la visita de la escritora y periodista Elena Poniatowska a la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria en 2007, para inaugurar la exposición internacional “Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción. Dibujos, caricaturas y fotografías”.
*
La primera vez que Elena Poniatowska oyó hablar de Alfonso Reyes fue por boca de su madre.
“Al regresar de una cena repleta de ingenios, me contó: ¡Estuve con Don Alfonso, no sabes qué simpático!”
También había oído las historias de la tía Michelle, quien conoció a Reyes cuando era embajador de México en París. “Me echaba piropos, me decía frases muy ingeniosas, iba de acá para allá en los salones, avivando las conversaciones que palidecían, poniendo el pulso agudo de su inteligencia sobre cada inerte pensamiento, hablaba de Goethe y de Virgilio, pero sin perder su tono festivo, no tenía nada de solemne”, le contó alguna vez su tía.
Muchos años después de las referencias primeras, lo conoció Elena. “No había cambiado mucho –recuerda– casi siempre que llegaba yo, lo encontraba en compañía de dos o tres muchachas en animada chorchita, algo así como una versión muy personal de algún salón literario dieciochesco. Ellas le consultaban sobre estilos, el uso de los gerundios y las posibilidades de escribir, en tres días, una novela que hiciera época”.
Las memorias de la destacada escritora y periodista nacida en Francia y nacionalizada mexicana, fueron compartidas el martes 25 de septiembre de 2007 con los asistentes a la inauguración de la exposición internacional “Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción. Dibujos, caricaturas y fotografías”; organizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, en colaboración con el Gobierno del Estado de Nuevo León.
Desde sus primeros contactos con Reyes, Poniatowska advirtió su ternura hacia las mujeres: las escritoras y poetas se pasmaban, ¡ay este Don Alfonso tan caballeroso y cumplido! También contó cómo un día llegó a verlo Pita Amor y le preguntó: ¿Puedo decir que mi hijo es tuyo?, “y Don Alfonso se hinchó como un acordeón y dijo: Ándale sí, ¡cómo no, tú di que es mío! Entre tanto, Manuelita sonreía benévola. Me pregunto si don Alfonso hubiera llegado a ser lo que es, sin Manuelita junto a él”, refirió en torno a Manuela Mota, con quien Reyes contrajera matrimonio en 1911.
La anécdota de cuando Doña Manuelita se enamoró de Reyes, también fue compartida por la escritora. “Lo conocí en la preparatoria cuando estudiábamos –había contado Manuela Mota—, y todavía lo veo con sus bracitos llenos de libros, gordito; fue muy buen amigo conmigo, me ayudaba a estudiar, usaba un sombrerito redondo de alas levantadas del que se le escapaban unos bucles de oro, tenía 16 años entonces, me enamoré, porque era muy rubio y tenía rizos, pero me engañó, y pronto los perdió”.
Muchos son los aspectos de la vida y obra de Alfonso Reyes que han sido objeto de estudio y reflexión por parte de Poniatowska. Su traslado a París, después de la muerte del padre, su trabajo como segundo secretario de la Legación Mexicana en Francia, su viaje a Madrid un año más tarde con su esposa y su hijo; el trabajo para instituciones de cultura, editoriales y periódicos; sus investigaciones en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, el nombramiento como Segundo secretario de la Legación Mexicana en España, sus misiones diplomáticas en Francia, Argentina y Brasil.
La primera vez que Elena llegó a entrevistarlo a su casa de la calle de Benjamín Hill se volvió un tiempo inolvidable.
“Fue en 1953, llegué a entrevistarlo y desde que entré me gritó desde arriba: ¡Me perdonas que no baje hijita, pero aquí estoy como un loro subido en su estaca! No, no es una estaca, pensaba yo: es un palomar, siempre lleno de papeles voladores, de palomas griegas, latinas, renacentistas y del siglo de oro español, que el humanista intenta retener en pequeños archiveros de madera; el lugar donde don Alfonso escribe, trabaja y hasta duerme.”
“Duermo aquí –y me señaló el sofá– y en la noche, cuando tengo que escribir, puedo levantarme sin perturbar el sueño de los demás; solo necesito dormir unas cuantas horas, menos de cinco, el trabajo me absorbe las demás, cuando al final llego a dormirme, lo hago siempre con un libro entre las manos”.
La escritora describió las verdaderas olas de volúmenes que coleccionaba como tesoro Alfonso Reyes y “que amenazan con revolcarnos y llenarnos la boca de letras.” Le contó sobre su infancia, cuando ensayaba la magia negra, la blanca, los juegos, un teatrito de títeres hecho por él mismo con cartones cortados y cuando, en Monterrey, su padre lo hacía montar en su caballito precioso llamado El Lucero.
Elena quiso saber qué sería de Alfonso Reyes sin su verso, su prosa, su novelística, sus prólogos, ediciones, sus ensayos, sus traducciones. “Yo he dicho a menudo, hijita, que, si bien es para mí una respiración natural de mi alma, seguramente a esta vocación debo el haber podido sobrellevar ciertas amarguras y tragedias de mi vida.”
Reyes le confesó su inclinación hacia aquellos libros que, según había advertido, tenían mejor acogida en el público, “mi Visión de Anáhuac, mi Ifigenia Cruel, y El Deslinde, prosa poética, drama poético y pensamiento sobre poesía”.
“Le pedí un consejo a Alfonso Reyes para los que se inician en la literatura, algunos principios que, a su juicio, podrían gobernar la acción de los escritores mexicanos, y respondió: los mismos principios que se aplican a los mexicanos en todos los órdenes de nuestras actividades, hagamos las cosas bien, lo mejor que podamos, tanto ética como estéticamente. México valdrá lo que valga la conducta de los mexicanos”.
Reyes le habló de sus poetas favoritos y Elena acabó cantándole la balada de una joven que bajó al jardín a recoger romeros.
“En realidad aquella no fue una entrevista, sino un regreso a los orígenes, la imagen de él que más se me ha quedado en la memoria, es la de la crónica rápida, las cartas inteligentes, el mensaje ingenioso, escrito casi sobre las rodillas, a vuelo de pluma; el rostro de sueño de don Alfonso, su barbita puntiaguda de pelo blanco, sus ojos brillantes aún se me aparecen desde el fondo de las edades para decirme que Espartaco nada le exige a Cuauhtémoc, y que, si amo a La Llorona, bien puedo amar a Medea.”

Antes de concluir su conferencia magistral que daba por inaugurada la exposición aquel martes de 2007, Elena Poniatowska enfatizó la trascendencia del escritor regiomontano.
“Esta es una exposición íntima, familiar, que habla de un personaje único. Reyes es la punta de flecha de toda la literatura mexicana actual, fue un humanista, un hombre de exquisita cortesía, que se interesaba en la ciencia, la literatura, tenía una cultura universal, por eso es vital dialogar con su obra y su memoria”.


