El Eco del juego y la risa

Por Ricardo D. Aguirre Garza

Para mi padre, Ricardo Aguirre:

porque de ti yo soy un eco.

Este año se cumple la primera década sin Umberto Eco.

El italiano falleció el 19 de febrero del 2016. Fue velado en el Castello Sforzesco cerca de la fantasmagórica Piedra Rondanini, además de contar con la compañía de algunos tizianos, bronzinos y canalettos. Se dice que después del laico, austero y multitudinario evento el escritor fue cremado; y todo el protocolo se llevó a cabo como él lo pidió.

Pero este año no solamente se cumple la primera década sin el gran semiólogo que describió todo el sistema lógico de interpretaciones y decodificaciones a través del proceso mecánico de una presa; el gran esteta de lo bello y lo feo durante la intrincada y enigmática época medieval; el gran crítico literario que desenredó una Sylvie fascinante y compleja. 

Este 2026 también marca ya los diez años que hemos sobrevivido sin aquel que se dice reconstruyó la biblioteca de Alejandría en su casa; sin aquel que se dice encontró el meñique izquierdo de Dante Alighieri en una biblioteca antigua; sin aquel Eco que aprendió la Kabbalah y el hebreo para terminar de entender una o dos sectas religiosas provenientes de los rosacruces; sin aquel Umberto Eco que se dice murió un 19 de febrero del 2016 pero que pareciera seguir escribiendo con una pluma tan infinita como la visión de una isla donde el tiempo queda en entredicho.

De Eco se dice y se asegura; se especula y se sustenta; se piensa y se lee, pero lo más importante no es solamente aquello que se cree sobre el autor italiano, sino aquello que lo hace ser. Lo más importante de Umberto Eco es lo que nos enseñó: el juego en la Literatura.

¿Acaso es posible adentrarse al monumental Péndulo de Foucault, encontrar el árbol sefirótico, un epígrafe en arameo, continuar con Sabía, aunque cualquiera hubiera podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el periodo obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número π que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de la más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de π, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo, y salir indemne y sin haber proferido algún tipo de risa, sonrisa o carcajada?

¿Es algún tipo de mecanismo lógico-lúdico el llegar al climax del thriller posmoderno de época por excelencia, narrado a partir de un manuscrito encontrado que dice ser una copia fiel de otro manuscrito perdido que fue escrito a raíz de unas pesquisas en una abadía, que recuerda a una de Piamonte, incendiada a causa de un libro, y que la síntesis del capítulo titulado Séptimo Día con su respectivo subtítulo Noche solamente nos diga que Donde, si tuviera que resumir las prodigiosas revelaciones que aquí se hacen, el título debería ser tan largo como el capítulo, lo cual va en contra de la costumbre?

¿Qué tipo de tropo literario refiere a aquel grupo de periodistas contratados por el director de un diario, y bajo la supervisión de la editora en jefa, los cuales deben comenzar a escribir un periódico que, a manera de suposición o adivinación redactan los acontecimientos futuros a través de la fiel creencia de que -Las sospechas nunca son exageradas. Sospechar, sospechar, solo de ese modo se encuentra la verdad. ¿No es esto lo que dice la ciencia que hay que hacer? y a través del cual pondrán en jaque no solamente a los medios de comunicación, sino a los poderes fácticos y, de pasada, al lector?

  1. No, no es posible.
  2. Sí: el mecanismo del juego.
  3. El tropo ludens.

Considero, quizá con un margen de error, que al fallecer Umberto Eco perdimos al último gran autor de la risa y el juego, al último gran escritor capaz de construir bloques y bloques de historias lo suficientemente maravillosas, absurdas, lógicas y sígnicas para mantenernos en vilo alrededor de 345… 577… 898… páginas y no solamente disfrutarlas, sino continuarlas interesados porque él era conocedor de los misterios, del carácter juguetón del lector/lectora y de la potencia intrínseca de la Literatura.

En Eco deviene una larga tradición de ludópatas empedernidos: Rabelais, Sterne, Böll, Nerval, Calvino y, por supuesto, Jarry. No por nada el italiano fue nombrado Trascendente Satrapa por el Collège de ‘Pataphysique; y que el 19 de febrero del 2016, al igual de Faustroll, personaje de Jarry, al fallecer quedó en la ÉtHernidad desde el cual nos sigue escribiendo… 
Y no por nada Umberto Eco es el único autor que ha leído la segunda Poética de Aristóteles; ha hablado del metafor y metafrando; ha desenmascarado sectas milenarias; ha descrito el signo, el significado y el significante; ha creado personajes históricos reales y no ficticios; ha estudiado a lo sublimemente feo y a los nauseabundamente hermosos; ha defendido la compra excesiva de libros y la creación de bibliotecas personales; ha puesto en entredicho al entendimiento del Tiempo y de los superhéroes… y no por nada sus palabras resuenan, retumban, renacen una y otra vez cada que lo leemos y entendemos, a través de cualquier movimiento positivo de los labios, que ya no estamos en el terreno literario del fondo y la forma, de la retórica y sintaxis, o de la épica y la lírica, sino que ahora entramos en la parcela de la risa, en las comisuras del misterio, en los ojos del aprendizaje: estamos ahora en el terreno del Eco aquel que nos permite y muestra cómo jugar con la Literatura.

Algunos títulos disponibles en la Sala de Literatura.

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