Nadie vendrá a casa esta noche: Silencios de Karla Suárez

Por Verónica Zúñiga

El silencio en la literatura nos lleva a la omisión, qué cosas no se dicen por temor, ignorancia o como una herramienta para dominar a los otros; sin embargo, el silencio también nos permite resignificar y cuestionar, volviéndose un lenguaje para habitar el mundo. Éste es el tema principal de la novela Silencios (1999), de la escritora cubana Karla Suárez (1969), obra con la que en 1999 obtuvo el V Premio Lengua de Trapo de Narrativa. La historia es protagonizada por una joven sin nombre, quien nos narra su camino de la infancia a la adultez durante las décadas de 1980 y 1990 en Cuba. Los lectores somos testigos de cómo el personaje principal va cambiando junto con la situación política del país.

En la novela se construye el tema del silencio ya no sólo como una ausencia, sino como un lenguaje con múltiples significados. Para ello, la narradora nos introduce a su vida familiar, un ámbito privado donde la discreción adquiere relevancia para la trama. Cada uno de los personajes encarna un tipo de silencio, relacionado con el miedo, la vergüenza o la ira. Esto se evidencia con algunos miembros como la abuela, una mujer que se refugia en la religión y es ejemplo de rectitud, pero que en realidad está sofocada por un secreto; o el tío de la protagonista, un hombre que vive la represión de su sexualidad.

El silencio se vincula principalmente con el dolor, ya que cada personaje lo utiliza para representar una aflicción oculta. Un ejemplo es la tía de la protagonista, quien se presenta como una persona que guardó silencio por mucho tiempo, pero cuando al fin reveló la verdad se dio cuenta que esta acción muchas veces lastima a los demás. Incapaz de vivir con las consecuencias, se mantiene recluida en su habitación, donde crea su propio universo refugiándose en los recuerdos que muchas veces la lastiman tanto de manera física como sentimental.

Un dilema recurrente que plantea la autora es la dicotomía verdad y mentira. No a todos les gusta convivir con el silencio, pero tampoco pueden soportar las revelaciones. A lo largo de su infancia, la narradora aprende que la verdad muchas veces no le interesa a la gente, por lo que es mejor guardarse algunas cosas. No obstante, hay un momento donde ella se enfrenta a las consecuencias de sus silencios: “El día que mi madre me lo dijo no supe a cuál de los dos odiar, si a él con sus verdades a medias o a ella con su absoluta verdad” (1999, p. 20). Confundida acerca de lo que es correcto o no, la protagonista toma una decisión que influirá en el resto de la historia.

Por otro lado, el lenguaje del silencio también se vincula con el poder. Durante distintos momentos de la novela se observa cómo la protagonista crece entre esas omisiones que van formando su percepción del mundo y de las personas, para ella los silencios significan una manera de dominio sobre el otro. Sin embargo, conforme crece y se enfrenta tanto a su familia como a la situación política de su país, poco a poco va resignificando este lenguaje y se va apropiando de él: “Propuse que tampoco hablaría nunca más. Cuando nadie sabe qué sucedió realmente, la verdad puede ser cualquier cosa, incluso convertirse en leyenda” (1999, p. 48). A partir de esta idea, ella va formando su propia narrativa de vida, será una persona que se mantendrá ajena a lo que sucede a su alrededor, no se vinculará con nadie y adquiere un nuevo papel: el de escucha.

Un elemento significativo dentro de la obra es la casa como un espacio silenciado. Durante la novela ésta no es sólo el lugar donde la familia convive, sino que cada habitación representa los secretos y el dolor de un personaje, los cuales ocultan cerrando las puertas. La casa se convierte en un territorio de batalla debido a la represión, la denominada “familia de locos” posee tormentos que en distintas escenas explotan en forma de golpes y reclamos. Hay momentos donde abandonan la casa, pero siempre vuelven: “Era costumbre de la casa, la gente se iba y regresaba y volvía a largarse según le viniera en ganas” (1999, p. 34).

Conforme la narradora va creciendo, también entra en esta dinámica, sin embargo, debido a la situación económica de su país, hay un momento donde todos se van. Lejos de sentirse abandonada, para ella la casa, ese espacio que alguna vez estuvo lleno de secretos, mentiras y dolores se vuelve su lugar seguro donde se encuentra ajena no sólo a los problemas de sus familiares y amigos, sino a los cambios sociales y políticos que afectan a Cuba.

La autora ubica al lector dentro del Período especial de Cuba para mostrar en sus personajes el desencanto y la desesperación, poco a poco cada uno de ellos se da cuenta que no se puede vivir callado para siempre expulsando ese silencio encarnado. La narrativa de Karla Suárez invita al lector a reapropiarse de estos silencios ya no como la forma de la ausencia o la discreción, sino como un lenguaje que permite cuestionar las realidades tanto sociales como personales.

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Referencias

Suárez, K. (1999). Silencios. Lengua de Trapo.

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