Por Patricia Guajardo
En 1953, el prestigioso historiador francés Lucien Febvre envió una carta a Henri-Jean Martin, un joven bibliotecario de la Biblioteca Nacional de Francia; la intención de esa misiva era concretar una colaboración para la escritura de una obra cuyo tema principal fuera el libro de los siglos XVI y XVII. Febvre pretendía publicar algo muy distinto a lo que podía consultarse en el mercado editorial, explicó en la carta que su idea era explorar qué progreso había marcado el libro impreso como herramienta del pensamiento con respecto a los manuscritos de la antigüedad tras la invención de la imprenta de tipos móviles. Además de esa cuestión, que le parecía primordial, aclaró que habría que examinar el libro como mercancía, obra maestra y fermento intelectual sin excluir a los hombres, los oficios del libro, la geografía y la estadística del libro[1].
Aunque realizaron una investigación exhaustiva y trabajaron por varios años escribiendo y corrigiendo la mayoría de los capítulos, Henri-Jean Martin ejecutó gran parte de la empresa y culminó solo el ambicioso proyecto que finalmente extendió su alcance hasta el siglo XVIII. Lucien Febvre no logró ver el libro publicado, pues murió por una afección cardiaca dos años antes de que L’apparition du livre finamente fuera puesto en circulación en 1958.
La aparición del libro constituye un parteaguas para los estudios del libro por presentar un nuevo modelo de análisis que superó con creces los límites formales fijados por los antiguos catálogos bibliográficos y los estudios históricos sobre grandes impresores, bibliotecas y condiciones de fabricación de los volúmenes. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin consideraban que estaban ante un objeto excepcional que constituía “el perfeccionamiento de uno de los medios más poderosos de que haya podido disponer la civilización de occidente para concentrar el pensamiento disperso”[2], por lo tanto, tomaron el libro como objeto de investigación para escribir historia social y también económica. La mayor aportación de los autores fue el cambio de perspectiva y la creación de nuevas categorías de análisis para estudiar la imprenta como industria y determinar las transformaciones culturales y la influencia que el libro impreso produjo a lo largo de tres siglos en la sociedad.
La edición en español que adquirí hace algunos años es del Fondo de Cultura Económica, de 2019; contiene una advertencia, prólogo, prefacio, introducción, ocho capítulos, posfacio, bibliografía y un índice onomástico. Si bien, los títulos de los capítulos proporcionan una idea clara del contenido, no hacen justicia al fascinante recorrido por la historia del papel, las dificultades técnicas que enfrentaron los primeros impresores, los cambios paulatinos en el aspecto del libro, el costo y financiamiento de los libros, la estructura de los talleres de imprenta, la expansión de la nueva industria por el mundo (principalmente en Europa), las redes de comercio del libro, la censura y, para cerrar, un amplio capítulo dedicado a la difusión de las ideas como el humanismo o la reforma y la fijación y estandarización de las lenguas nacionales.

El primero de los capítulos[3] es muy breve en comparación con el resto, en él se plantea la tesis de que el desarrollo de la industria papelera y el de la industria tipográfica estuvieron estrechamente relacionados. La llegada del papel, procedente de China, en el siglo XII a Italia y su gradual adopción como soporte para los manuscritos fue remplazando paulatinamente al pergamino y favoreció la multiplicación de documentos e impresos; esta condición previa, de acuerdo con los autores, fue necesaria para la aparición del libro impreso en papel.
Una vez que se ha explicado que el papel fabricado a base de trapos y fibras se había convertido en mercancía común, y costosa, en Europa occidental a mediados del siglo XIV, Lucien Febvre y Henri-Jean-Martin explican en el siguiente capítulo una de las ideas que me parecen más interesantes de esta sección: que la tipografía móvil no fue el resultado del perfeccionamiento de la industria xilográfica, sino que tuvo un desarrollo paralelo e independiente.
Previamente a la creación de tipos móviles, en una época en que la cultura era básicamente oral y la religión era el centro de la vida intelectual y espiritual, se multiplicó la impresión de imágenes religiosas a través de la xilografía (grabado en madera). Al principio, las imágenes no contenían ningún texto, sin embargo, con el tiempo se fueron agregando leyendas escritas a mano o talladas en la misma xilografía junto con la imagen.
Tras una revisión de los primeros libros tipográficos y la consulta de otras fuentes, los autores llegan a la conclusión de que los incunables “no salieron de los talleres xilográficos adaptados a la nueva tarea, sino que los imprimieron especialistas en metales: Gutenberg, a quien se considera tradicionalmente y acaso con razón inventor de la imprenta, era orfebre”[4], los artesanos con experiencia en manejar troqueles para elaborar medallas, monedas y sellos conformaron la primera generación de tipógrafos en fabricar con metales duros y distintas aleaciones, principalmente de estaño y plomo, los punzones y caracteres móviles independientes. Es muy posible que el perfeccionamiento de las técnicas para grabar sellos en relieve o en hueco haya conducido a los orfebres a la reproducción de la letra manuscrita.

La aparición del libro contiene abundantes datos interesantes, por ejemplo, se sabe que numerosos textos atribuyen la invención de la tipografía móvil a Gutenberg, en Maguncia, cerca del año 1445 y que su biblia de 42 líneas se considera el primer libro impreso con esta tecnología, no obstante, su nombre no figura en el colofón de ninguna obra.
Otro dato muy llamativo a la luz del presente es que puede ser complejo distinguir entre los libros manuscritos y los incunables. Los primeros tipógrafos se preocuparon por imitar la escritura humana, incluso reprodujeron letras unidas por las mismas ligaturas y, en un principio, prácticamente las prensas se convirtieron en auxiliares de los copistas para reproducir un número semejante de volúmenes. “La aparición de la imprenta no significó, pues, una rápida revolución en la presentación del libro, sino sólo el comienzo de un proceso evolutivo”[5].
El cambio de la tipografía se debe a Petrarca y a los humanistas italianos que rescataron textos de la antigüedad; la littera antiqua, después llamada tipo romano, fue creada en Florencia con el fin de facilitar la lectura. “La extraordinaria diversidad de tipos -afirman los autores- debió obstaculizar frecuentemente la venta de ediciones hasta que el romano vino a imponerse como una especie de alfabeto internacional”.[6] El colofón se heredó de los textos manuscritos que consignaban al final del último pliego el lugar de impresión, los nombres del tipógrafo y del autor, así como el título de la obra. Durante el siglo XV se agregaron al aspecto del libro la portada, que consistía en el título impreso en la primera página, y la marca del impresor. Los folios probablemente fueron en su origen una guía para encartar los pliegos en orden correcto, la paginación de las hojas y la encuadernación fueron posteriores.
Determinar el costo de esas primeras ediciones pareciera una labor imposible, Febvre y Martin trataron de hacerlo, para calcularlo se apoyaron en las investigaciones de Ernest Coyecque, pionero en estudiar los archivos notariales, y examinaron cuentas, contratos, diarios de impresores y libreros. Según sus estimaciones, el papel era tan caro que la impresión de una sola obra podría superar el costo de un taller equipado.
En “El mundillo del libro” se nos presenta a un nuevo tipo de hombre, el tipógrafo que al mismo tiempo es intelectual y no por ello deja de ser un obrero como el de cualquier otro establecimiento que realice trabajo manual. En este capítulo se analiza la estructura de los talleres de imprenta, así como la jerarquía y funciones de correctores, cajistas, prensistas y aprendices. También aparecen en escena los sabios y escritores que, gracias al apoyo de capitalistas, pusieron las prensas al servicio del humanismo como Jean Amerbach en Basilea, Aldo Manuzio en Venecia y Josse Bade en Lyon.
A lo largo de los capítulos se menciona a Erasmo como el prototipo de autor de renombre que lograba obtener recompensas por su escritura, sin embargo, durante siglos XVI, XVII y XVIII lo habitual era que cualquier editor publicara los manuscritos que lograba obtener sin consultar a su autor o que el autor se comprometiera a adquirir parte del tiraje si no contaba con un mecenas que financiara la producción y el editor estimara que las ventas podrían ser bajas. Para la creación de redes comerciales los primeros impresores recurrieron a los factores, personas de confianza que recorrían ciudades tratando de vender los ejemplares y mostrando listas de títulos que podrían entregar, dato que comprueba que la elaboración de catálogos es una práctica muy antigua. La feria de Frankfurt, por ejemplo, data del siglo XV y el consejo de la ciudad publicó constantemente el catálogo oficial que ha permitido a los académicos conocer y estudiar el material comercializado en ese punto de reunión de los tipógrafos europeos.
En lo que se refiere a la expansión de la imprenta por Europa, las ciudades importantes y la presencia de universidades atrajo rápidamente a impresores o libreros desde el siglo XV. Aunque La aparición del libro es una obra que se sitúa principalmente en Europa, se dedican algunas páginas al Nuevo Mundo; los autores conjeturan que los innumerables libros de caballería que se leyeron en España y que describían tierras lejanas y ricas pudieron moldear la mentalidad de los conquistadores. Las prensas en América sirvieron principalmente a la autoridad eclesiástica para evangelizar e instruir a los pueblos. Llama la atención que para fijar la fecha y narrar la llegada de la imprenta a la Ciudad de México, Febvre y Martin recurren a la Bibliografía mexicana del siglo XVI publicada en 1954 por nuestro célebre erudito Joaquín García Icazbalceta.
La aparición del libro concluye con el capítulo titulado “El libro como fermento”, se trata de la sección más extensa pues casi alcanza un centenar de páginas en las que se realiza un balance sobre la inusitada difusión de ideas, las coyunturas políticas y religiosas, y el papel que desempeñó la producción editorial durante el Renacimiento y la Reforma[7].
He compartido tan sólo algunas nociones que pudieran despertar el interés por la obra, debo advertir que en cada capítulo se abordan las temáticas abarcando los siglos XV a XVIII, por lo tanto, volver al siglo XV cada inicio de una nueva sección puede ser desconcertante para algunos lectores no especializados pues no encontrarán una sucesión cronológica de principio a fin. Esta estructura, que permitió a los autores analizar cada categoría, los obligó a incluir información repetitiva que pudiera percibirse como un defecto del libro, sin embargo, esta característica permite consultar y comprender cada uno de los capítulos sin la necesidad de leer la totalidad.
Aunque, por supuesto, se han escrito muchos más títulos que abonan al campo de la bibliología, La aparición del libro no pierde vigencia como obra fundacional de estudios más recientes. Las preguntas que responden Febvre y Martin como ¿quién producía?, ¿con qué técnicas?, ¿cómo se establecieron las redes comerciales?, ¿qué tipo de impresos se leían?, ¿qué estrategias de control emplearon los monarcas o autoridades religiosas?, ¿por qué surgió la copia y falsificación de ediciones? ¿cómo opera la propiedad intelectual? y sobre todo ¿qué papel desempeña la imprenta en la sociedad? pueden ser transferidas al análisis de otras latitudes y contextos específicos porque son, y seguirán siendo, válidas y fructíferas para los investigadores por muchos años, quizá siglos.
*
*
*
Semblanza
Claudia Patricia Guajardo Garza es doctora en Estudios Socioculturales. Comenzó su trayectoria profesional como productora ejecutiva de programas televisivos enfocados a la docencia y difusión cultural; desde hace más de 25 años dejó la televisión para dedicarse a la edición de libros. Fue editora, correctora y coordinadora de más de 60 libros –impresos, electrónicos y en formato braille– publicados por el Instituto Cultural de Aguascalientes en donde desempeñó el cargo de directora Editorial y de Bibliotecas Públicas. Coordinó y posteriormente dirigió la revista de arte y cultura Parteaguas que se publicó ininterrumpidamente durante diez años (ICA). Estuvo a cargo de la materia Procesos Editoriales en la UAA de 2017 a 2019. Su libro Francisco Antúnez Madrigal (1907-1980). El arte de la imprenta, los libros y la promoción cultural obtuvo el Premio Serie Bibliología Mexicana en 2024 y fue publicado, en formatos impreso y electrónico, por la UAA y la UNAM. Actualmente es consultora independiente, realiza una estancia de investigación posdoctoral en la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León y es profesora de cátedra en el Tec de Monterrey.
*
*
*
Bibliografía
Febvre, Lucien, y Henri-Jean Martin. La aparición del libro. Fondo de Cultura Económica, 2005.
[1] Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, La aparición del libro (Fondo de Cultura Económica, 2005). 405.
[2] Febvre y Martin, La aparición del libro. XVI.
[3] Febvre y Martin, La aparición del libro. 1-21.
[4] Febvre y Martin, La aparición del libro. 29.
[5] Febvre y Martin, La aparición del libro. 72.
[6] Febvre y Martin, La aparición del libro. 81.
[7] Febvre y Martin, La aparición del libro. 289-381.

