Por Guadalupe García Alcoforado
En un ensayo titulado Robert Musil y el amor místico, Juan García Ponce retoma dos concepciones del amor señaladas por Musil en El hombre sin atributos. La primera es el amor profano, que no alcanza nunca la realización; la segunda es el amor místico, que para poder realizarse, debe ser privado de una realidad total. Mientras que en la novela esta falta de realidad total se da por razones externas a la literatura, es decir, la muerte del autor austríaco, Juan García Ponce considera que el estar suspendidos en el tiempo en el que se mantienen los dos protagonistas, viviendo eternamente en el jardín, sin consumar su amor, es la forma perfecta del amor místico.
No obstante, no es la única forma de alcanzarlo. En los dos cuentos que forman el libro Uniones, Musil ya había abordado la cuestión. En este ensayo me concentraré en el primero, que en español ha sido traducido como La consumación del amor, pero que Ponce se obstina en llamar La realización del amor, de modo que esa traducción utilizaré.
El texto sigue a Claudine, una mujer que en su juventud tuvo una vida sexual muy activa, pero que en el presente del cuento se encuentra casada y muy enamorada de su esposo. Juntos forman un espacio ajeno a la realidad, un espacio donde sus almas entran en constante comunión. Sin embargo, dentro de la aparente armonía que los rodea, Claudine siente un temor que la consume. Una duda que aparece como el primer destello en una noche de tormenta.
El presentimiento de que nada es concluyente ni está destinado a ocurrir. La sospecha de que todo, incluido el amor que ella y su marido se tienen, es una casualidad. “Entonces era capaz de pensar que ella podría pertenecer a otro, y no le parecía infidelidad, sino un enlace culminante, en algún sitio donde ellos ya no eran, donde no eran más que música, donde eran una música que nadie oía y que ningún eco devolvía.” La duda conduce a su alma a un espacio ajeno también para su esposo, la aleja de toda racionalidad y la deposita en el terreno de lo imposible. Ahí donde lo más atroz se convierte en lo más puro.
Con el propósito de ver a la hija que tuvo en un matrimonio anterior y que estudia en un internado, la protagonista se aleja de su esposo y de su casa. Durante el viaje en tren, el presentimiento se apodera de Claudine. Alejada del espacio que protege su amor y de la figura de su esposo, se siente expuesta al mundo.
La narración no sucede en las acciones exteriores, se inyecta en el alma de la mujer y se enuncia desde las emociones turbulentas de Claudine, ocasionando que la realidad se le presente al lector como algo ajeno, el mundo y lo que ocurre en él se convierten en una sucesión de imágenes difusas, personas que no son más que sombras y palabras que podrían no haber sido pronunciadas por nadie, que buscan en vano entablar una conversación imposible.
En el tren ve a un hombre que despierta en ella un deseo devorador y ataca de forma directa todos los temores que la han consumido a lo largo del cuento. La posibilidad de engañar a su marido, al que realmente no desea serle infiel, comienza a parecer inevitable. Este deseo, sin embargo, no tiene ninguna relación con el cuerpo, es el anhelo del alma por conducirse al “otro estado”, a lo imposible. Pero para llegar a lo imposible es menester que uno se conduzca en sentido contrario a las normas de la sociedad.
El amor místico de Musil es aquel que lleva a los amantes al espacio de lo irrealizable, donde solo queda el silencio. “En ese trascender todo se entrega al vacío; pero ese vacío se colma con la intensidad de la expresión poética, que encierra y exterioriza el sentido sin sentido más allá de todo sentido fuera de sí misma, de la experiencia mística. No se explica lo inexplicable: su imagen se hace visible.” La realización del amor avanza en el sentido contrario. En el placer al que se entrega junto al desconocido, no sólo le es infiel a su marido, también se olvida de sí misma, se pierde en esa separación (de ella, de su esposo, de la realidad), para llegar a la forma más alta de amor, a la culminación de las emociones que dominan su alma.
La fidelidad más grande solo puede conseguirse yendo no contra las leyes de la sociedad, sino contra las leyes de la vida. El amor místico es aquel que no puede realizarse por completo, lo que, en el caso de El hombre sin atributos, implica detenerse en la espera de la unión, pero en La consumación del amor, texto además anterior a la novela, se convierte en un amor que para poder realizarse debe pasar por la humillación.
El libro y el tercer vértice del triángulo
La influencia de la obra de Robert Musil dentro de la literatura de Juan García Ponce es innegable y marca una extensa cantidad de textos. Sería imposible detenernos aquí a analizar cada uno de ellos, de modo que me concentraré en los dos que mantienen, al menos para mí, una relación más profunda con La realización del amor y, en general, con el libro Uniones.
En 1970 se publicó El libro, que narra la relación entre un maestro de universidad llamado Eduardo y Marcela, su alumna. Como parte de los libros que se abordan en una de sus clases, Eduardo menciona Uniones, específicamente el cuento del que ya hemos hablado en este ensayo.
Marcela pide el libro prestado a su profesor y a partir de ese momento, como lo presiente Eduardo, su relación se transforma: “anticipaba una posible comunicación secreta, que se realizaría en un espacio situado encima de los dos, susceptible de unirlos sin tocarlos en un inalcanzable terreno abstracto […]” La joven estudiante universitaria que es descrita como parte de una clase social distinta a la del profesor y de la que por tanto se espera que mantenga un ideal de perfección y de pureza, se ve arrastrada por los deseos más humillantes. Le habla a Arturo de su novio y le confiesa que se siente igual que Claudine. Más adelante en la novela, lo invita a su casa y lo lleva a un espacio alejado. A partir de ese momento, los dos comienzan una relación intensa, prohibida y secreta.
Una de las cosas más interesantes de este libro y la relación hipertextual que mantiene con la obra de Musil es la posición que toma el narrador dentro de la novela. Pese a que los dos están escritos en tercera persona, La realización del amor sigue a Claudine, el centro sin centro, el alma elegida para llegar al “otro estado”. Por otro lado, Juan García Ponce escribe El libro desde el tercero. Que es de alguna forma, el motor de todas las reflexiones y la acción de ambas narraciones.
Excepto que el verdadero motor es el amor místico que utiliza a ese tercero para depositarse en él y, a través de su cuerpo, adentrar a la pareja en lo imposible. La novela del autor mexicano plantea una pregunta muy interesante en relación con los cuentos de Musil, ¿qué pasa con ese tercero?, ¿Cómo impactan en él y en su alma las acciones de la novela? Puesto que tanto los cuentos del austríaco como las reflexiones que Ponce les dedica a estos en sus ensayos, giran en torno a la figura de la mujer, de la esposa que se humilla para poder amar, el tercero queda en la oscuridad. Ni siquiera conocemos su nombre. ¿Entra él también en el “otro estado”?, ¿Sentía él las mismas turbaciones en el alma?
Ponce no responde por Musil, imagina su propia historia en torno al concepto. Eduardo, al igual que el hombre en La realización del amor, es el encargado de pervertir a Marcela. Él sabe de antemano que ella desea algo más o tal vez, él desea tanto llevarla a lo imposible, que su alma la atrae casi sin darse cuenta. Para que Marcela y Claudine puedan ser seducidas, se debe romper el silencio en el terreno del propio silencio. La duda de ambas mujeres debe ser pronunciada por el hombre.
En el cuento de Musil, el hombre le dice a Claudine que solo ama a su esposo por casualidad, en realidad, podría haber sido cualquier otro hombre. Confirmando así el miedo y la duda que la habían estado hostigando desde el comienzo de la narración. En cambio, Eduardo aprovecha su posición de maestro para hablar de la literatura y, desde ahí, reafirmar la duda de Marcela. Sabe que su idea funcionó cuando Marcela pide leer Uniones.
Pero en el proceso de convencer a la mujer, el tercero tiene que humillarse también. Él, al igual que Claudine, está casado y su relación con su alumna es una humillación frente a la sociedad dentro de la que existe. Sin embargo, no creo que sea esta su verdadera humillación, cómo sí lo es tanto en Claudine como en Marcela. En cambio, lo que destaca de Eduardo es que es uno de los pocos personajes de Juan García Ponce que siente celos.
El amor dentro de la literatura de Juan García Ponce es un amor que rara vez encierra o encadena. Se trata de un eros positivo cuyo único propósito suele ser el goce. Eduardo sabe que no puede prohibirle nada a Marcela, pero también sabe que él es el tercero. Marcela, como Claudine, ama más a su novio y él solo es el vehículo a través del cual puede fortalecer su amor. Si lo que siente por su novio es una casualidad, el amor por él lo es todavía más y con el tiempo se acabará. El tercero es el único que en realidad es reemplazable dentro del triángulo que forman.
Cuando esto se confirma al terminar el año, él no puede hacer nada para detenerlo porque nunca tuvo la oportunidad de cambiar algo. Marcela escogió estar con él y ahora escoge alejarse. Antes de que todo termine, él sabe que eso es lo que le espera. Cuando ella se va, sólo queda su imagen. Porque para que su amor fuera místico, nunca pudo tenerla por completo. Él sabía que para llegar a lo imposible, su relación tenía que ser corta y ocurrir en secreto.
El propósito de Marcela en la vida de Eduardo era convertirse en la pura imagen, suspendida en el tiempo sin tiempo del deseo, donde se hace eterna. Su amor solo se realiza con su partida, en un lugar más elevado que ellos dos, en lo imposible.
Unión y la pérdida del yo
Cuatro años después de la publicación de El libro, Juan García Ponce publicó Unión, en 1974. Desde el título advierte al lector del diálogo que la novela mantendrá con el libro de cuentos de Robert Musil. A diferencia del libro anterior, esta narración sigue la perspectiva de una mujer, Nicole, quien observa fotos mientras recuerda el noviazgo que mantuvo en su adolescencia con el que es su esposo en el presente.
Sobre todo llegan a su memoria ocasiones en las que es encontrada semidesnuda mientras se besa con José. En todas las ocasiones que recuerda, son hombres quienes los encuentran. Nicole rememora la excitación que sentía ante la mirada de los otros, que extendían el regaño para seguir observándola. Pero todo eso terminó cuando se casaron y ya no hizo falta tener sexo en lugares donde pudieran ser encontrados.
El amor que siente por Eduardo lo cubre todo y los aleja del resto. Como si existieran en un espacio al que nadie puede acceder incluso mientras está con ellos y del que ellos no pueden salir. La duda que en Claudine y Marcela es confirmada por el tercero, se le presenta a Nicole por su propio esposo, quien le define el amor como “lo que nosotros somos desde fuera, tal vez. Algo que vaga sin dueño.” El amor es más grande que ellos, es independiente a ellos. Están juntos dentro de él, pero eso es sólo una casualidad.
José comienza a invitar todas las noches a Jean, un amigo suyo. Con el paso de los días y la cercanía, Nicole y él comienzan a salir y entablan una relación. Juntos, en la casa que resguarda el amor de la pareja, “son los tres vértices de un triángulo, unidos por la segura línea que crea la conciencia de ella de la perfecta unidad del momento, dentro del que cada quien ocupa su sitio.” Su descaro y tal vez su humillación es aún más grande que en los dos textos ya mencionados, Nicole cena todos los días con su amante y su esposo. Rompe los límites de aquello que tanto Juan como Musil consideraron imposible en un primer momento.
Y es dentro de ese triángulo donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde, donde Nicole siente su amor más fuerte por José. La infidelidad con su amigo es la forma más alta de fidelidad. En el proceso se desprende de su personalidad para volcarse hacia ese otro lado donde ya no es ella, ni la esposa de José, ni la amante de Jean.
Su desprendimiento del yo y de la realidad se ve reflejado en sus amantes. De José lo sabemos todos, de Jean no sabemos casi nada a excepción de que es el amigo de José. Pero es el tercer amante el que termina por separarla para unirla más. Se trata del compañero de departamento de Jean. De él, como del hombre del tren que conoce Claudine, no sabemos nada, ni siquiera su nombre.
Los amantes de Nicole son un espejo donde el lector puede apreciar cómo se va desprendiendo de sí y de lo real para entregarse al silencio, a lo que no se puede pronunciar. Convertida en lo que cada uno quiere de ella solo porque en el fondo ya no es nadie ni es de nadie. Su fidelidad se desplaza de José hacia el amor.
El amor místico va en contra no solo de las leyes de la sociedad, sino también de la vida. Es perverso y transgresor porque de esa forma se vuelve imposible. Los amores que surgen en el terreno del secreto, están destinados, para Musil y Ponce, a ser cortos y fracasar. Pero ese fracaso es realmente su triunfo. Su imposibilidad es lo que le da el carácter sagrado. Porque lo importante en realidad es lo que queda después. La imagen de los amantes flotando para siempre en el espacio del deseo, ajeno a todo, imposible de alcanzar incluso para los amantes mismos.
*
*
*
Referencias
García, J. (1970). El libro. Siglo XXI.
García, J. (2000). Las huellas de la voz. Volumen 3. Homenajes. Joaquín Mortiz.
García, J. (1974). Unión. Joaquín Mortiz.
Musil, R. (1982). Uniones. Seix Barral.

