Horror vacui

Del archivo personal del autor.

Por Roberto García

La mosca vuela sobre un plato de fideos fríos que reposan en una mesita negra junto a una cerveza en lata. Sale por la ventana del balcón que está a un costado de un hombre ansioso que pinta sobre un lienzo grande, de un metro cuadrado aproximadamente. La pintura trata de un bosque soleado con algunas nubes y miles de árboles con un río en medio de ellos. Le falta una pequeña parte por rellenar en la esquina inferior izquierda, no sabe cómo terminarla.

El pintor lleva horas contemplando la pintura. El cuarto pareciera estar en desorden, pero con un orden específico, como si cada cosa en su lugar significara algo, tapando alguna abertura o defendiendo su lugar como un perro en la entrada de su casa. A simple vista parece un lugar agobiante. El hombre solo fija su atención en el bosque, como si mirara dentro de sí. Como alguien que ve un precipicio frente a él con el miedo a resbalar y caer en las sombras mientras contempla su vida entre las rocas y grietas.

Falta esa parte, podría pintarla de verde o simplemente rellenarla con mi firma y el año, aunque el color blanco no me gusta, resplandece mucho a comparación de todo lo demás. Todo por dejar la pintura a última hora, tuviste un mes, maldición. Cada día la dejabas al final y no avanzabas por estar cansado, ¿de qué? Estabas tirado en el piso mirando el techo resquebrajado y pensando en todo lo que has arruinado con esas manos que, de vez en cuando, crean obras de arte. Al carajo, quedan dos días y nos falta una parte, hasta suena estúpido lamentarte en esta situación, párate y agarra ese maldito pincel, toma los colores y hazlo.

Se levantó y se lavó la cara en el baño con agua fría. Apagó la música que tenía prendida desde que se despertó, no puede convivir consigo mismo ni escuchar sus pensamientos por más de cinco minutos desde su divorcio y su despido en la escuela de artes de la ciudad. Agarró su chaqueta y salió por un café, afuera hacía un poco de frío y estaba nublado. Caminaba sin tocar las líneas de los adoquines en la calle con suma atención, como si al tocar una línea negra pudiera caer al abismo de la ciudad y de sus traumas. Llegó a la cafetería y ordenó en su mesa el azúcar y las servilletas de modo que le resultasen agradables de ver. Escogió un lugar donde su vista estaba llena de ladrillos rojos y un cuadro del monte Fuji cubierto de nieve. Pidió un americano doble y se puso a dibujar flores en una libretita negra de cuero.

El cuadro está bien, al llegar lo terminamos. Lo importante es arreglar las cosas con mi hijo, decirle que la culpa no es solo mía y que todo será igual que siempre. Hay que ordenar el cuarto y sacar la basura, creo que pasa mañana antes del mediodía. Dar una vuelta al supermercado, llenar el carrito de atún y sopas instantáneas, una caja de cigarros y dos cajas de cervezas. No me acuerdo qué falta en ese lugar, nos mudamos hace un mes y me parece que todavía no desempacamos todo. Es pequeño y aun así todo es un caos, me gusta. Me recuerda a los cuentos de Dostoievski. Qué va, si en todos estos días hemos pintado y no nos hemos muerto de hambre significa que tenemos todo lo necesario. Falta ir al trabajo y decirles que fue un agotamiento mental y que no suelo explotar de esa forma tan seguido, solo a veces…

Al salir del café va al supermercado y compra su dieta diaria. Checa la caducidad en todos los productos, mueve las cosas y luego las vuelve a ordenar, las deposita en su bolsa y camina hacia el pasillo que sigue. Crea incertidumbre y algunas miradas en los trabajadores. Llega a la caja y paga con lo exacto, tiene billetes y monedas de todas las denominaciones. No redondea para las instituciones benéficas y sale del lugar encendiendo un cigarrillo. Llega a casa, prende la radio y una pequeña lámpara en la mesita de noche. Pone agua a hervir y en lo que se calienta observa el cuadro con admiración sosteniendo una cerveza y una fotografía.

Viernes en la noche, carajo, y aquí estamos intentando terminar esta porquería. Podríamos llamarla, pero no contestará. Tony podría andar de juerga con sus amigos. Los míos deben estar con sus familias o sus otras amistades. También estás ocupado, no le des muchas vueltas. Terminemos la pintura hoy mismo, la noche es joven. Ahora que la veo, la parte blanca sin pintar se volvió gris, ¿qué carajo? Me recuerda al color del asbesto, en fin, vamos por otra cerveza y a subir el volumen, están pasando puras clásicas en esa estación, genial.

El sábado llegó y pasó sin contratiempos: seguía sin terminar la pintura y en su lugar bebió más de la cuenta y se puso a observar el techo. A través de las grietas vislumbraba montañas hechas de sal con olas agitadas que se habían perdido de algún océano cercano. Reconoció rostros que extrañaba sin recordar sus nombres y sin poder ver sus ojos. Algo parecido a la estática de las televisiones antiguas cuando se les iba la señal impedía que viera su mirada. No podía ver sus almas dentro de esas cuencas de vidrio cristalinas que se asemejan a las canicas transparentes con una pincelada de color en el centro. Se quedó dormido en el suelo. La parte gris de la pintura ahora era de color negro asfalto casi llegando al nivel del alquitrán.

 Maldita sea, ya es domingo. Tengo hambre y resaca, una extraña combinación, deben ser esos malditos fideos. Carajo, ahora es de color negro, ¿entró un ave y la ensució o en verdad hay asbesto en el techo? Sea como sea, cambia todo el panorama. Ahora no se ve tan alegre y me recuerda los cuentos de terror de Poe. Es increíble cómo le da un giro completo con un tono diferente. Ahora que lo veo, me gusta. Deberíamos amoldar toda la pintura a ese punto.

Agregó tonos oscuros y azules fuertes a la pintura. Creó un bosque más espeluznante y siniestro, sin tocar la parte negra por defecto. Sintió una ligera admiración a su trabajo y tomó un descanso con cigarros y un alipús algo rancio que le quedaba en una estantería suspendida arriba de la nevera. Estaba convencido que ahora sí podría terminar la obra con la cual pagaría sus deudas y le mostraría a su familia que no era solo un infiel alcohólico. Se quedó sentado en el sillón frente a la pintura y optó por tomar una siesta. Mientras ronca, partículas grises similares a la tierra descienden del techo y entran por su boca y nariz dándole una sacudida acompañada de una tos escabrosa.

En la mañana estaba bien, qué ha pasado… Debe ser la maldita cerveza o la otra bebida condenada. Puedo soportarlo, aunque me siento algo somnoliento. Ya casi queda el cuadro, qué felices estamos… El negro le queda bien, bastante bien, aunque debe brillar. Cautivar al público, crear el negro más brillante de toda la historia. Debemos cerrar todo y dejar una pequeña luz para observar el cuadro y agregarle esos centelleantes efectos. Esta es la forma, el cuerpo que estaba buscando, la maldita respuesta al vacío de mi vida, irónicamente.

Cada vez tose con más frecuencia, suda y la mano le tiembla cuando se lleva el cigarro a la boca mientras cierra la ventana y recorre las cortinas. Busca algunos colores en su caja de trabajo y no los encuentra. No puede pensar y decide regresar al sillón a descansar un poco. Poco a poco su visión se va nublando. A la par, siente una tranquilidad que no había experimentado desde su juventud, pareciera que sus miedos e inseguridades se desintegran en el abismo de sus traumas no registrados y se pierden en la lejanía entre cuerpos de sal que asemejan figuras mitológicas con cuernos, cola y brazos gigantes que amasan su vientre.

Mañana debo abandonar estos malditos vicios, mira cómo nos han puesto de miserables. Ni un pincel podemos levantar, aunque la calma y la quietud que tenemos ahora no la teníamos desde hace tiempo, me siento un poco alegre, incluso. Claro, la había olvidado: esa paz en el transporte público admirando fachadas antiguas en el centro de la ciudad, el café por las mañanas en silencio observando al gato del vecino jugando en el jardín, la expectativa de encontrar nuevos libros de arte en la librería de la gran avenida y el júbilo de comprar uno y regresar a casa ansioso para leerlo. Mañana podemos volver a todo eso, primero queda esa pintura, llenar ese hueco que falta que me da pavor en estos instantes. Pensándolo bien, desde un inicio estaba bien, luminosa y armoniosa, ahora podría usarse como fondo para alguna obra de terror, pero no es demasiado tarde, para nada, primero hay que descansar un poco y luego acabar, les pediré prórroga, me conocen, saben cómo soy, no habrá problema, ya no habrá ninguno. Debo buscar algún calmante primero, la cabeza me está dando vueltas ahora que la tos se ha ido, primero eso, claro, enseguida.

Permaneció sentado frente a la pintura, parecía como si la oscuridad se hubiera apoderado de ella. Cada vez le parecía más repulsiva mientras la miraba con los ojos entrecerrados llenos de odio. La vela que había encendido hace horas para observarla se apagó y todo quedó en una penumbra devastadora. Sintió cómo el universo entero se movía menos su habitación, que parecía estar suspendida en el espacio, situada en lo más recóndito de un agujero negro a un lado del último planeta del sistema solar. El cuerpo ya no le temblaba, pero lo sentía congelado, la cabeza se le estremecía por dentro con imágenes de un bosque desolado donde la única luz era de la luna encima de su mirada. La acechanza de los búhos le dio pánico y empezó a correr a la nada, escuchó un río a lo lejos y trató de alcanzarle para que la corriente del agua calmara su alma con su constante fluir en serenidad. Llegó y por un instante pudo vislumbrar el cielo azul que veía en su camino a la primaria en compañía de su madre. Después todo fue vació y silencio. En la habitación seguía sentado en el sillón con gafas de sol ocultando sus ojos y mirando la penumbra de su existencia. Poco a poco su cabeza bajó a un costado y su vientre dejó de inhalar y exhalar. El cuarto se convirtió en un vacío delimitado por cuatro paredes donde todo lo que había eran sombras infinitas que lo cubrían por completo, salvo la pintura, donde la esquina inferior izquierda se empezaba a llenar de un celeste brillante, parecido al agua de río donde se puede ver en su interior rocas y peces nadando hacia la nada. El vacío infinito seguiría este cauce hasta que alguien se quejara del olor.

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