Por Ricardo D. Aguirre Garza
La llanta explotó con un estruendo tan fuerte que despertó a todos los vecinos. El conductor del carro estaba furioso y gritaba groserías en contra del gobierno. Era la tercera vez que caía en un pequeño bache, de esos que abundan en la ciudad, pero esta vez ni el neumático ni el eje delantero habían resistido.
La familia González, a excepción de Andreita (que seguía dormida), salieron a buscar por qué había tanto griterío; estaban viendo las noticias y el estallido los separó de su televisor. Rafael, Román y René, los tres hijos de la señora Vázquez, ya estaban acompañando los insultos del afectado. Y por la ventana de la casa 958 solo se asomaron unos tristes ojos, que rápidamente se escondieron tras las cortinas.
La grúa llegó dos horas después de lo contemplado. Todos pensaban que el conductor se había ido a cenar o que simplemente se estaba haciendo el desentendido con su trabajo. Pero cuando apareció aclaró que en el camino tuvo que sortear más de diez automóviles en una situación similar y unos quince baches, pues en la noche es difícil distinguirlos.
Ya que el auto estaba acomodado sobre la grúa se escuchó un trueno que desató la primera tormenta primaveral. Cada familia se resguardó en su casa, algunos se fueron a dormir, otros a seguir viendo la televisión. A penas iniciaban las vacaciones de verano y los niños estaban ansiosos por salir a jugar.
El aguacero se prolongó hasta la mañana siguiente, aunque éste no era impedimento para que los niños de la calle Esperanza salieran a jugar. Casi con precisión simétrica, Román, René y Karla, salieron de sus respectivas casas. Karla González lucía un impermeable azul marino y botas de goma negras. Los hermanos Vázquez salieron en shorts y con las camisetas de la primaria.
Las carreritas bajo la lluvia eran lo que más les divertía, corrían tanto que también terminaban empapados en sudor. Los chicos empezaban a patear los pequeños charcos de agua para mojar a la niña. Ella contratacaba con unas pequeñas tinas llenas de agua de lluvia. Hasta que a Karla se le ocurrió un mejor juego.
Quien salte dentro del bache y saque más agua será el ganador. Todos aceptaron jugar, pero como era su idea ella iría primero. Karla tomó distancia y cuando creyó que era suficiente, arrancó corriendo hacia el pozo; los dos varones rezaban porque sacara muy poca agua.
Al caer en el agujero hubo una grandísima explosión de agua, seguida de risas incontrolables. La participante había entrado hasta las rodillas en el bache y estaba desconcertada. Karla recordaba que en el boquete muy apenas cabía la llanta del auto, ahora la mitad de ella estaba ahí dentro. Después de un rato de jugar cada uno entró a su respectiva casa para comer.
Habían pasado más de tres días desde la última lluvia y ahora el clima era caluroso e irritante. Los niños estaban sentados en la banqueta esperando que sucediera algo, buscaban mitigar el calor con algún juego o alguna nueva travesura. De pronto René tuvo una excelente idea…
A medida que sus amigos le preguntaban qué hacía, el menor de los Vázquez se apresuraba a quitarse los tenis y los calcetines. De un brinco se levantó y corrió hacia el agujero con la intención de mojar sus piernas. Al momento de caer dentro del agua todo su cuerpo se estremeció por la sensación fría que cubría todas sus piernas hasta la cintura. Andreita González los veía desde la ventana de su casa.
Como lo vieron tan fresco los chicos que observaban desde la banqueta se apresuraron a seguir los pasos de René. Y de un momento a otro, los cuatro amigos estaban chapoteando dentro del bache, como si jugaran en una alberca. Habían encontrado la forma de aminorar el calor.
La anciana de la 958, que regresaba a su casa, vio ahí dentro y se acercó para llamarles la atención. Ustedes niños ahí jugando como si fuera una alberca, cuando es un problema del que nadie se encarga. ¿Quién tapará esos baches? Después del sermón entró a su cochera y de vez en cuando los volvía a espiar escondida tras las cortinas.
Hace más de dos meses que la señora Rosario Martínez salía muy poco de su domicilio en la calle Esperanza, número 958, colonia De los Ángeles. Desde que su hijo Juanito Martínez había desaparecido en el centro de la ciudad. Sus familiares iban a visitarla para pasar con ella un tiempo, pues desde la desaparición estaba devastada; inclusive llegaron a ir los noticieros a cubrir la nota sobre lo sucedido.
Los papás de Karla González pasaban el día viendo los noticieros de varios canales y fue así como se enteraron del extravío de su vecino. Por esa razón no le daban permiso a la pequeña Andreita que saliera a jugar con Karla: Aún no tienes edad de jugar en la calle como tu hermana.
Román, René y Karla, pasaban todo el día jugando en el bache. Cada vez invitaban a más conocidos a su “alberca”, como ellos la llamaban. El hermano mayor de los Vázquez, Rafael, empezó a ir más seguido. Karla invitaba a todas sus conocidas de la colonia, mientras que Román y René se iban en bici a la colonia Del Monte, para llevar a sus conocidos a que se refrescaran. Cada día ir a bañarse en el bache era ir a encontrar gente nueva.
Primero la familia González nadaba de un extremo a otro mientras Andreita, con la supervisión de sus padres, practicaba clavados y hacía bucitos. Al terminar se sentaban a escuchar las noticias de un televisor que habían sacado. Otros jóvenes como Juanito, seguían desaparecidos. Los primos Vázquez llegaron hasta con el perro, que rápidamente saltó al agua sin dejar que le quitaran la correa, tirando a la tía de los tres hermanos. Los familiares de Chucho, el maestro de educación física de la secundaria, se organizaban con don Jaime, el presidente de la colonia, para ver quién asaba la carne primero.
El alcalde de distrito llegó con su esposa y sus dos hijas, los cuatro listos con el equipo adecuado para bucear. La viejita del estanquillo, que estaba a dos cuadras, tomaba el sol plácidamente en un camastro. Las fiestas en el bache se prolongaban hasta las diez u once de la noche, inclusive había veces donde a los muchachos le amanecían ahí, sumergidos en un hoyo tan profundo como una alberca olímpica.
En la víspera del cumpleaños de Karla los chicos querían organizar una fiesta sorpresa en el pozo con agua, solo ellos tres. Irían a nadar a las dos de la mañana y después llegaría Rafael con el pastel de cumpleaños. Cuando los chicos estaban listos para ir por Karla, observaron desde una esquina que el bache estaba rodeado de camionetas: estaban tan juntas que no se dejaba ver hacia dentro, pero se escuchaban muchos clavados en el agua. Los hermanos Vázquez se acercaron para saber qué ocurría, un oficial de tránsito los detuvo y con voz firme ordenó que regresaran a su casa porque no podían estar ahí. Malhumorados cumplieron las órdenes al pie de la letra. Ningún vecino se dio cuenta.
El siguiente día transcurrió con una fiesta normal. Los globos adornaban toda la calle y estaban pegados en algunos carros y luces mercuriales. Había competencias de clavado o de quién lograba tocar el fondo de la fosa, mientras algunos adolescentes platicaban en la parte baja del bache. Varias familias se sentaban frente al televisor de los González para estar escuchando las mismas noticias una y otra vez: huelgas de los trabajadores por malos tratos, jóvenes desaparecidos, asaltos. Era la tercera vez que le ponían carbón al asador para que la familia de don Chucho pudiera asar.
Pasaban las vacaciones y las camionetas frecuentaban cada vez más seguido el bache comunitario. Los niños trataban de observar qué era lo que hacían esas personas ahí, pero no lograban ver nada. Un día el papá de Karla observó por la ventana lo que pasaba y en la junta semanal de vecinos comentó: A lo mejor lo están tapando poco a poco para acabar con el problema de los baches, pero nos están quitando nuestra diversión.
Esa noche, con las camionetas afuera, desde la casa 958 la señora Rosario Martínez salió gritando y llorando de su casa. Parecía que algo grave le había pasado, pero sus gritos se notaban como de coraje y desesperación. ¡Cabrones, yo lo sabía! Era una de las frases que se alcanzaban a entender, pues el llanto cada vez era más fuerte y solo gritaba con la angustia atorada en la garganta.
Unos policías tuvieron que detenerla para que no se acercara más a las camionetas. Los forcejeos y la desesperación de la señora fueron tantos que de una forma tan violenta se desmayó. Rápidamente los oficiales llamaron a una ambulancia, mientras otros trataban de auxiliar a la señora y le aplicaban una reanimación cardio pulmonar. La ambulancia tardó en llegar.
Gracias a las luces rojas y blancas los vecinos se percataron de que afuera había ocurrido algo espantoso. La atención se desvió a las camionetas que rápidamente desaparecían en la noche. Los hermanos Rafael, Román y René alcanzaron a ver cómo subían a la ambulancia una camilla cubierta por una lona azul.
Diez días después del velorio de la señora Rosario Martínez volvieron a aparecer las camionetas en la noche. Ahora todos les tenían miedo y ni siquiera nadaban en el bache durante el día. Las hermanas Karla y Andrea tenían prohibido salir a jugar en el bache. Su papá decía que el gobernador lo estaba mandando infectar para que los niños se enfermaran y consumieran medicamentos de laboratorios dependientes del gobierno del país y así subir la demanda.
Poco a poco la solemnidad de la calle Esperanza quedaba atrás y las risas de los niños se volvieron a escuchar a lo largo de toda la cuadra. Andreita ya tenía permiso de salir a jugar, pero ella y su hermana Karla tenían prohibido nadar en el bache. Eran las primeras en despertarse para llamar a sus vecinos; en silencio atravesaban la casa 958 para llegar con los hermanos Vázquez.
Bajo el sol de la canícula los cuatro niños aún no se ponían de acuerdo a qué jugar: voto, congelados, carreritas… Hasta que a Andreita se le ocurrió una idea ¿Y si jugamos escondidas? Todos aceptaron de inmediato, pero ella tenía que contar porque era su idea, aparte de que era la nueva.
Gritando del uno al cincuenta Román, René y Karla se escondieron: arriba de un árbol y debajo de un carro respectivamente. Karla tenía la idea de sumergirse en el bache, sabía que ahí no la encontrarían, pero prefirió ponerse detrás del elotero. ¡Listos o no, allá voy! Gritó Andreita.
La pequeña empezó a buscar a los demás. Logró encontrar a René sobre el árbol y de lejos observó los tenis de Román, quién se había atorado bajo el carro. Solo faltaba su hermana y creía saber dónde estaba.
Observó unas pequeñas burbujas que subían hasta la superficie del bache y supuso que su hermana estaba ahí escondida, bajo el agua. Tomó distancia y corrió hacia el pozo saltando para caer justo donde notó el leve burbujeo. Había practicado tantas veces el clavado de bombita que lo tenía bien calculado, pero esta vez se había golpeado tan fuerte con el fondo del bache.
Gritó por el dolor que sintió en su cadera al recibir el golpe y todos observaron cómo la pequeña Andreita no se había sumergido casi nada. El agua muy apenas le llegaba a la cintura, se levantó mojada y llorando. Toda la cuadra salió a ver qué había pasado.
Cuando sus papás se acercaron para ver qué le había pasado, observaron cómo el burbujeo del bache cada vez era más constante y de él salió a flote una figura… Al principio no lograron distinguir bien qué era, hasta que se calmó el agua. Era Juanito, que nadaba como un muertito…
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Ricardo D. Aguirre Garza (Monterrey, Nuevo León, 1992), poeta, narrador y ensayista. Cursó la Licenciatura en Letras Mexicanas, la Maestría en Innovación Educativa y el Doctorado en Filosofía con Acentuación en Estudios de la Cultura; los tres grados concluidos con documentos de investigación en torno a la literatura. Ha sido reconocido en certámenes de investigación y creación literaria y cuenta con distintas publicaciones de índole académica, científica y creativa. Actualmente es docente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL.
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Nota: este cuento obtuvo el primer lugar en el Certamen de Literatura Joven de la UANL en 2016 y fue recuperado de la antología que se publicó en ese mismo año por la Editorial Universitaria de la UANL.

