Por Balam Rodrigo
El dinero te lava las manos
de la injusticia y el crimen…
Jaime Sabines
Mi primera aproximación a la obra del poeta Jaime Sabines tuvo lugar en Villa de Comaltitlán, mi pueblo natal, en 1982. En aquella época cursaba estudios de primaria y en mi escuela no recibíamos suficientes ejemplares de los libros de texto correspondientes al año escolar, apenas alcanzábamos un par de libros de distintas materias. Por ello, justo al inicio del ciclo escolar, hacíamos una suerte de “guardia” cerca de la escuela, y pese al calor de la costa, nos apostábamos durante horas bajo los árboles de mango o de cuajilote. Cuando el encargado de llevar los libros de la SEP a nuestra escuela asomaba en el horizonte con su tambache de libros, corríamos a atajarlo para ayudarle a mitigar su pesada carga, nos congraciábamos con él para asegurar, al menos, uno o dos libros de texto (sí, la verdad es que los niños peleábamos entre nosotros por aquellos libros en batallas nada infantiles). Ese año salí victorioso con dos o tres libros más: aún recuerdo el olor a imprenta del volumen Español, tercer grado, lecturas (SEP, México, 1982) del que leí, en la página 35 (puesto que El escuintle, del escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle nos mordía el asombro en la hoja previa) el texto titulado Vamos a cantar, acompañado con la ilustración de un niño que, desde el pretil de su cuna de madera, jugaba con tres títeres que imitaban a los famosos “viejitos” de la danza p’urhépecha de nombre homónimo (la esquina derecha del dibujo mostraba una ventana abierta hacia la noche, luna menguante y 10 estrellas en el cielo negriazul):

Además del poema de Jaime Sabines, el hermoso y entrañable libro escolar contenía poemas de dos paisanas más, Rosario Castellanos y Gilda Rincón, así como versos de otros poetas (Octavio Paz, Efraín Huerta, José Martí, Federico García Lorca, José Gorostiza, Nicolás Guillén, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, León Felipe). En realidad, ese primer poema que leí de don Jaime era sólo un fragmento del que se titula Duérmete, mi niño, con calentura, publicado originalmente en Tarumba (Colección Metáfora, México, 62 p., 1956). Tuvieron que pasar tres lustros y varias migraciones familiares y personales para que volviese a leer, conscientemente, otros versos del poeta tuxtleco. De vez en cuando su nombre, Jaime Sabines, se me aparecía en forma de alguna vaga noticia cultural en la radio, ya en San Cristóbal, donde estudié el tercer año de secundaria e inicié la preparatoria, ya en Tapachula, donde culminé los estudios de nivel medio superior, ya en los periódicos con que envolvíamos las mercancías de mi padre. Sucede que no provengo de una familia de académicos o personas de alta cultura: mi madre es costurera (no terminó la primaria) y mi padre comerció su venta a pie en las calles y pueblos de Soconusco y Guatemala durante cuatro décadas: era vendedor ambulante. Sin embargo, tanto mi padre como mi madre eran lectores (sobre todo mi madre), en un lugar donde a nadie le gustaba leer o a muy escasas personas. La verdad es que ni siquiera mis maestros leían, y si acaso lo hacían, leían únicamente libros de texto, es decir, sus lecturas estaban relacionadas estrictamente con la labor docente.
A mediados de 1994 migré —junto con mi hermano Canek— de Tapachula a la Ciudad de México para matricularme en la UNAM y estudiar la carrera de biología (él ingresó a la UAM-Azcapotzalco para estudiar ingeniería ambiental). En 1995, mi hermano y yo rentamos un cuarto en una antigua casona de la colonia Álamos, cerca del centro de la Ciudad de México. Nuestro casero, hijo de exiliados chilenos y compañero en la Facultad de Ciencias, además de arrendarnos la habitación, nos permitía hurgar la centena de libros que había heredado de su padre, un académico universitario. Entre otros volúmenes, hallé en la estantería una tremenda joya, Nuevo recuento de poemas (Joaquín Mortiz, Serie Biblioteca Paralela, México, 291 p., 1977), el cual leí y releí varias veces tanto en la casa (en ocasiones a la luz de las velas, pues no teníamos ni para pagar el recibo de la luz, así que era frecuente que nos cortaran el servicio) como en el metro y en los viajes en bus de las prácticas de campo. Así llegué a la obra de Jaime Sabines: poemas como Entresuelo, A estas horas aquí y En medio de las risas de sus libros Horal (1950) y La señal (1951), me marcaron muchísimo, pues habían sido escritos por un poeta chiapaneco, estudiante de la UNAM, un joven provinciano afincado en la Ciudad de México con más o menos la misma edad que tenía yo cuando inicié a leer sus libros, y, sobre todo, porque el joven Sabines cantaba y contaba en aquellos versos carencias y tribulaciones similares a las experimentadas por los tantos chiapanecos que migramos a la gran urbe mexicana para estudiar, trabajar e intentar ganarnos la vida.
Con el tiempo, aquella casona de la colonia Álamos se fue poblando de otros estudiantes, particularmente chiapanecos, residentes permanentes o visitantes temporales que, a la menor señal u olor de cualquier vianda traída desde el terruño, acudían en fila cual marabunta de zompopos a devorar café, pan, queso, totopo, camarón, tasajo y cualquier otra delicia soconusquense, pero principalmente se congregaban en la casa para echar trago y compartir sinsabores y alegrías. De vez en cuando los paisanos me solicitaban, con ese fervor del bolo chiapaneco de aires bohemios (es decir, el de todos) que les leyera, en voz alta, alguno de los poemas de don Jaime. Y aunque tiempo después logré adquirir mi propio ejemplar de la primera edición de Nuevo recuento de poemas, alguno de aquellos paisanos bolos y facinerosos, amante de la poesía (y de lo ajeno), se quedó con mi libro.
Tuve noticia de la legendaria lectura de Jaime Sabines ofrecida el 30 de marzo de 1996 en el Palacio de Bellas Artes, para celebrar el cumpleaños 70 del poeta, pero me fue imposible asistir porque debía cumplir con una práctica de campo realizada fuera de la Ciudad de México, requisito indispensable y obligatorio para aprobar una de las varias materias semestrales que cursaba. Sin embargo, año y medio después, fui testigo directo, presencial, privilegiado como pocos, de la irrepetible y extraordinaria lectura en voz alta de don Jaime en mi alma mater: desde temprana hora del 27 de septiembre de 1997, un paisano de Tapachula y yo nos dirigimos a pie desde la Facultad de Ciencias hacia el Centro Cultural Universitario de la UNAM, con el fin de asegurar nuestro ingreso a la Sala Nezahualcóyotl, aunque para sorpresa nuestra, cientos de otros jóvenes —principalmente— y personas de distintas edades, aguardaban su ingreso al recinto desde horas antes, esperaban a un lado de la puerta de entrada cuidando su “lugar” con celo desmedido, haciendo una larguísima e interminable fila, y por más que nos hubiésemos esforzado por llegar al sitio con antelación, de cualquier modo habríamos llegado tarde. Ni siquiera habíamos almorzado, así que buscamos qué comer en lo que planeábamos cómo ingresar a la sala. Poco a poco, minuto tras minuto, llegaban más y más universitarios, hordas con libros de Jaime Sabines bajo el brazo, docenas de enamoradas parejas leían poemas en voz alta en los jardines, intercambiaban impresiones y conocimiento sabiniano en las bancas, y entonces todos nos preguntábamos cuándo, en qué momento llegaría el poeta, a qué hora iniciaría la anhelada lectura, en qué instante se daría la presencia del mítico tuxtleco. Era tal la muchedumbre que para la tarde alcanzaba las cuatro mil almas, sin incluir a quienes habían logrado ingresar a la Sala Nezahualcóyotl, y no quedaba más lugar dónde apostarse, dónde sentarse o por dónde colarse, pues todos queríamos entrar a la Nezahualcóyotl a escuchar y mirar de cerca a nuestro poeta. Los más osados y hábiles subieron a los árboles, particularmente a pirules y jacarandas, y ni los funcionarios de protección civil ni los de vigilancia pudieron evitarlo, ni controlar a nadie. El evento estaba retrasado, se presentó una ligera lluvia y, de repente, un trueno de miles de gargantas partió el aire caldeado de humedad cuando el poeta apareció en el horizonte de nuestras cabezas: Jaime Sabines llevado en silla de ruedas por todo lo alto, el mayor poetstar del siglo XX en nuestra lengua ingresó a la sala entre vítores, gritos, aullidos, desmayos, aplausos, miles de jóvenes coreando el nombre de Jaime Sabines bajo el cielo de Ciudad Universitaria.
Pero no todo era celebración, y de repente, un grupo de eufóricos intentó derribar las puertas de la Sala Nezahualcóyotl para dar, como se dice en México, “el portazo”, e ingresar por vía de la fuerza al recinto. Fue necesario el diálogo y la negociación con el grupo de fanáticos, luego la espera, pero tantas peripecias y desencuentros valieron la pena. Las autoridades universitarias cedieron al “pliego petitorio” y se vieron obligadas a abrir las demás salas del Centro Cultural, al tiempo que instalaron gigantes bocinas en los jardines y demás espacios en donde pudieron colocarlas, para que todos pudiésemos escuchar al poeta y bebernos su poética luz a cucharadas. Cuando Jaime Sabines inició la lectura del primer poema, hubo interminables gritos de júbilo y celebración, luego, un silencio espeso, profundo, lágrimas, llanto y conmoción: poema a poema, fuimos testigos y devastadas víctimas de aquel milagro, maná hecho versos que alimentaba y daba fuerza a nuestro corazón anémico. Confieso que fui uno de esos locos que escuchó toda la lectura poética de don Jaime trepado a un árbol, barón rampante sobre jacarandas a la caza de los dilectos versos de Sabines.
El primer libro “nuevo” de Jaime Sabines que compré, corresponde a la tercera reimpresión de Antología poética (Col. Tierra Firme, FCE, 398 p., 1998. Prólogo y compilación de Guadalupe Flores Liera), porque la primera edición de Nuevo recuento de poemas me fue sustraída, como dije antes, quién sabe exactamente cuándo, dónde y por quién. De ahí que cuidara más mi preciado libro, procuraba no llevarlo a mis viajes, lo leía poco a poco, con más calma, saboreando cada poema, temeroso de que me fuera sustraído por otro hambriento de versos como yo. Pero no vine aquí con aires de erudición sobre la vida y la obra de don Jaime, pues para conocer lo primero habría que charlar, tanto con sus hijos y su familia, como con aquellas personas que trataron personalmente al poeta, ya por cercana amistad, ya por afinidades literarias, ya por compartir el espacio vital o laboral o por coincidir en la misma época. Existen, de igual manera, mitos y falsas anécdotas creadas por quienes dicen haber conocido o tratado personalmente a Jaime Sabines, pero al cotejar sus datos biográficos y verificar con puntualidad la cronología vital, no es posible hallar coincidencia alguna que ubique al poeta junto a ciertos falsarios y descaradas embusteras, lo cual merece mi repudio. De modo parecido, detesto a todo aquel que se arrima a la figura de don Jaime mediante fabulaciones cultureras e intereses meramente políticos, a quienes intentan aprovecharse hasta de su sombra para crear infundadas historias y capitalizarlas a su conveniencia. Y no se diga de las y los poetas de Chiapas, huestes líricas supernumerarias, pues todas y todos los paisanos tienen (vale decir, tenemos), más de una anécdota relacionada con Jaime Sabines (como las que aquí suscribo), aunque casi todas sean ajenas propiamente a su obra literaria, ya que para bulos y patrañas no hace falta siquiera haber leído su poesía, mucho menos escribir poemas y versos: es tal la cantidad de poetas y “sabinianos” que pululan en Chiapas, que en esta tierra hasta los chuchos ladran en versos de arte mayor. Por ello me inclino por los fieles lectoras y lectores de sus libros, quienes, de forma honesta y apasionada, siguen expurgando con interés y verdadero afán su obra y legado, aunque prefiero más a las personas comunes, esos peatones de la vida como ustedes que tropezaron con la poesía de Jaime Sabines en cualquier lugar, que lo encontraron sin mayores aspavientos, que han leído sus libros sin tantas pretensiones, sino por el puro deleite y el gozoso placer de la lectura. Por lo demás, sobran los centenares de especialistas que diseccionan con filoso bisturí, que analizan bajo el microscopio de la crítica literaria, que expurgan con exégesis académica, la sencilla complejidad y la humana entraña de cada verso y poema de Sabines, quizá con excepción, por obvias razones, de sus textos inéditos.
Como lector, mis libros preferidos de don Jaime son aquellos relacionados no únicamente con temas como el amor, el desamor, el erotismo o la cotidianidad de la vida (tópicos de sus versos más populares, además de la muerte), sino el inimitable Tarumba (1956), los poemas de crítica social Cuba 65 y Cantemos al dinero de Yuria (1967), y sin lugar a dudas, ese machete de doble filo que despedaza cualquier corazón en duelo y que fue esmerilado en la roca del dolor más hondo, titulado Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (Joaquín Mortiz, México, 1973), sin olvidarme del espléndido Crónicas del volcán (UNAM, México, 2002), breve volumen de 12 prosas mínimas, diario cronístico-testimonial sobre la erupción del volcán El Chichón y sus devastadores efectos en Francisco León, Chapultenango y otras comunidades de Chiapas. Estas prosas fueron publicadas por vez primera en las páginas de La Oveja Negra, Suplemento Cultural de El Sol de Chiapas (Tuxtla Gutiérrez, abril de 1982) y recogen los sucesos relativos a la referida erupción y atestiguados en directo por don Jaime (en compañía de su hijo Julio) entre el 28 de marzo y el 4 de abril de 1982. Cito algunos fragmentos (poéticos, reflexivos, humanos y llenos de impotencia) de Crónicas del volcán:
I
El volcán hizo erupción a las diez de la noche. Empezó arrojando piedras y arena, vapores, gases, ruidos tremendos. […]
Ha de ser como el fin del mundo. Es, en realidad, el fin del mundo. Uno piensa en “la cólera de Dios”, pero ¿por qué se encabrona Dios con esta pobre gente?
IV
Yo hice las cuentas muy ufano. A 20 kilos de promedio, por metro cuadrado, el volcán habría arrojado el primer día 200 millones de toneladas de arena. ¿De dónde había sacado tantas? No era posible que arrojara más.
VI
¿Han visto ustedes una evacuación? El ejército interviene, organiza, dispone, todo el mundo obedece. […] Muchas criaturas en brazos bajo los rebozos y niños atados unos a los otros con sus propias manos, el mayor colgado de la falda de la madre, y el padre atrás, vigilante, llevando el envoltorio de ropa vieja, patrimonio total de la familia. […]
El volcán los ha sacado a arrastrar su miseria, su miseria frente a nuestros ojos, esa miseria suya, de siempre, de siglos, a la que arrean ahora los espantos.
XI
Pero mi pregunta es distinta: ¿Por qué se ha de medir la catástrofe por el número de muertos y no por el de sobrevivientes?
Estas ocho o diez mil personas que se quedaron realmente, absolutamente, sin tierra, sin agua, sin pobreza, ¿no son la medida exacta del desastre, la tragedia ambulante que golpea?
Además de los libros que mencioné previamente, tengo irrefrenable fascinación por toda la poesía escrita en prosa de Sabines, como el siguiente poema de Diario semanario y poemas en prosa (Universidad Veracruzana, México, 1961), el cual podemos advertir no sólo profético, sino pasmosamente actual, dado el escenario político y diplomático en que están inmersos Cuba y Estados Unidos en los recientes días y meses de 2026, y el incondicional apoyo humanitario que nuestro país sigue brindando al pueblo cubano, pese a las advertencias y amenazas de los políticos yanquis del partido republicano (así como los de la ultraderecha mexicana), en particular, los amagos y chantajes de Donald Trump, su infame presidente:
Dice el radio que los Estados Unidos le pide explicaciones a México por eso de su apoyo moral a Cuba. Hoy, 8 de julio de 1960.
¡Qué pequeño gran país estos Estados Unidos! ¡Cómo han crecido y crecido para hacerse pequeños! Acorralados por todas partes, no saben qué hacer, y cuando hacen algo lo hacen con torpeza. Dan de manotazos tontamente, se ponen serios, amenaza; o sonríen, halagan, para atraerse simpatías.
A este rascacielos de los Estados Unidos le han puesto demasiados pisos para sus escasos cimientos.¡Quién sabe a cuántos va a aplastar en su caída! Pero esta hermosa Cuba de hoy, atacada de tan divina locura, enferma de su libertad, aguantará la historia. ¡Y qué bueno que si miró de México el plan y la cordura, le esté enseñando a México el arrojo y la insensatez!
Porque ante la política de la fuerza de los Estados Unidos, sólo la política del atrevimiento puede enfrentarse .¡De la antigüedad van a venir los dioses, y del porvenir los hombres, en ayuda de la osada Cuba!
Para quienes digan que no es profética o crítica la poesía de Sabines, sus versos anticipan la actual resistencia y dignidad del pueblo cubano frente a la infamia y la ignominia del gobierno estadounidense, al tiempo que, oh, paradoja, habla del comunismo, indaga sobre la Revolución (en la ínsula) y se preocupa por el éxodo cubano. Les dejo estos fragmentos de Cuba, 1965 (pueden hallar el poema completo en Yuria, México,1967):
[…]
Suscribo lo que dice la prensa reaccionaria del mundo.
(Así iba a empezar.)
En Cuba hay privaciones, hay escasez, no hay poitos,
no hay vestidos suntuosos ni automóviles último modelo,
hay pocas medicinas y mucho trabajo para todos.
Suscribo esto.
[…]
Estoy harto de la palabra revolución
pero algo pasa en Cuba.
[…]
Es verdad que han partido,
arando el mar, gusanos,
y hombres y mujeres han partido
y, ciertos o engañados,
violentos o perdidos o espantados,
han partido, se han ido -oscurecido-
a un porvenir que espera mutilado.
Cuba de pie, de frente,
de corazón, entera,
Cuba de pie ha quedado.
Cuba rodeada de enemigos,
Cuba sola en el mar,
Cuba ha quedado.
[…]
¡Cuba, vamos a pelear
para vivir en paz!
Crítico de sí mismo y de su tiempo, Jaime Sabines fue un poeta de enorme incorrección poética y política, por eso el cubano Roberto Fernández Retamar lo llamó “francotirador de la literatura” (y no Octavio Paz, como equivocadamente se cita). Sucede que Sabines alcanzó, quizá como ningún otro poeta del siglo XX en nuestra lengua, de extraordinaria fama en vida. Notoriedad ganada a pulso, verso a verso, poema a poema, de lector en lector, de peatón en peatón, de libro en libro y en una época en la que no existían ni internet, ni redes sociales, tampoco esos gigantes corporativos trasnacionales de la industria editorial y mediática que en la actualidad transforman a influencers, instagramers, tiktokers, booktubers y un largo etcétera de mediocres “famosos” (con millones de seguidores) que escriben basura seudoversificada, en poetas “superventas”: aún hoy palidecerían ante la segunda edición de Recogiendo poemas, con prólogo de Carlos Monsiváis (Zarebska-Telmex, México, 1997) que tuvo un tiraje de nada menos que 500,000 ejemplares, cifra inimaginable e inalcanzable en la actualidad para cualquier poeta verdadero que escriba en lengua española, sea un vate aficionado o un bardo re-creado, sobre todo si eliminamos de la ecuación editorial el apoyo de las redes sociales, las incesantes y agresivas campañas en los medios masivos de comunicación electrónica y la infame industria que publicita y promueve no la humana y necesaria literatura (como todos los libros y la poesía de don Jaime Sabines), sino los libros diseñados, dirigidos y digeridos artificialmente para alimentar con basura (impresa en papel o maquetada en versión electrónica para leerse en plataformas y aplicaciones digitales) y paliar el insaciable apetito de la cultura paraliteraria editada para el consumo de las masas. Más allá de la mal habida fama, habría que juzgar a todos (las y los) mediocres “poetas” de nuestros días, no por publicar libros sosos y faltos de poesía (más cercanos a la autoayuda y la superación personal), ni por obtener millonarias ganancias por la venta de sus (s)obras seudopoéticas (porque finalmente se trata de una industria, de productos que se ofertan y demandan, de capitalismo libre, puro y salvaje), sino por ecocidas: ¡cuántos millones de árboles, qué infinidad de bosques talados por absolutamente nada! Ya nos lo advertía don Jaime Sabines en el poema Cantemos al dinero:
No hay nada más limpio que el dinero,
ni más generoso, ni más fuerte.
El dinero abre todas las puertas;
es la llave de la vida jocunda,
la vara del milagro,
el instrumento de la resurrección.
Te da lo necesario y lo innecesario,
el pan y la alegría.
Si tu mujer está enferma puedes curarla,
si es una bestia puedes pagar para que la maten.
El dinero te lava las manos
de la injusticia y el crimen,
te aparta del trabajo, te absuelve de vivir.
Puedes ser como eres con el dinero en la bolsa,
el dinero es la libertad.
Vuelvo a mi digresión inicial y personal que intenta evocar mi pasado finisecular: como les decía, a mediados de 1999 vagaba yo por las calles de la Ciudad de México, aún estudiaba la carrera de biología, trabajaba en lo que podía para comer (era técnico del laboratorio de paleobotánica y manejaba en ocasiones el microscopio electrónico de barrido como parte de mis labores en el Instituto de Geología de la UNAM) y no tenía idea de que, en el futuro, me dedicaría, casi por entero, a la literatura. En aquellos días escribí textos de carácter académico (artículos científicos, ensayos universitarios, contenido textual de carteles para congresos de ciencias biológicas) y sí, también intentos de escritura creativa: cuentos, un par de esbozos de novela y un manojo de prosas. Inicié a escribir poesía hasta inicios del siglo XXI, en la década siguiente, entre 2003 y 2004, cuando contaba yo con más de 30 años y cursaba la maestría en ciencias biológicas, también en la UNAM. Publiqué mi primer libro de poesía en diciembre de 2005, con 31 años a cuestas: me estrené como poeta a una edad en la que don Jaime había publicado al menos cuatro de sus libros capitales (y quizá escrito otros tantos más). Tampoco imaginé que, en 2014, meses antes de cumplir cuarenta años y apenas un mes después de regresar a vivir Chiapas, para residir en San Cristóbal de Las Casas (junto con mi mujer y mis hijos), uno de mis libros inéditos obtendría, justamente, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, galardón de enorme prestigio que nació en 1988, primero como certamen nacional y después de convocatoria internacional.
No me distraigo más y vuelvo otra vez a la primavera de 1999, exactamente al viernes 19 de marzo: se suponía que mi madre viajaría desde Tapachula para visitarnos a mis hermanos y a mí, y de paso visitar a su familia en la Ciudad de México. Por falta de recursos, de paga, mi mamá no pudo realizar el viaje y entonces no tuve más remedio que dedicarme, todo aquel largo día, a merodear librerías de segunda mano, a deambular por las calles del Centro Histórico y volver, hasta pasada la medianoche, a la casa que compartía con otros paisanos y amigos en el sur de la urbe, muy cerca del Ajusco. Cuando crucé el umbral de la puerta, todos me recibieron con una enorme tristeza, el desánimo y la congoja se notaban, a leguas, en los rostros. Me esperaban los paisanos con un abrazo y una taza de café para compartir conmigo una funesta noticia. En principio, pensé que alguno de mis familiares o algún compañero cercano a nosotros había muerto, porque sin duda, el ambiente y los rostros eran de luto. Sin más vueltas, uno de ellos me dio el primer machetazo en la cara: “murió Jaime Sabines”. Nos abrazamos y nos dimos el pésame como si hubiese muerto algún familiar nuestro, así lo sentíamos, luego me pidieron que leyera en voz alta, dos o tres poemas de don Jaime, tenían a la mano una de las antologías que recoge sus poemas más conocidos. Pasamos en vela hasta la madrugada, platicando, bebiendo café, los abstemios como yo, y todos los demás, trago y cerveza. Esa misma noche escribí uno de mis primeros textos, casi poema: lo comparto aquí con ustedes, pero debo advertirles que quien escribió esas palabras hace 27 años fue un muchacho apasionado de la lectura, barón rampante del Soconusco entre frondas, peatón inútil que se subió a las altas ramas de una jacaranda en el corazón de Ciudad Universitaria, justo frente a la Sala Nezahualcóyotl, para ver de cerca al gran “francotirador de la literatura” y escuchar, por única y eterna vez, los poemas de don Jaime Sabines, poeta mayor, leídos con su propia e inextinguible voz.
Antes de finalizar, parafraseo a don Jaime: ¿Qué putas puedo hacer, si puedo escribirlo todo, y no tengo ganas sino de leer y leer, la poesía de Sabines? Termino ya estas líneas, dejo aquí el enlace en el que vos, lector, podés leer el texto (titulado “Sabinal”) que garrapateé la noche en que velamos el cuerpo más vivo y presente de la poesía de Chiapas, incluido en el libro Morir es una mentira grande que inventamos los hombres para no vernos a diario (Ediciones O, México, 2016):
Huitepec, Jobel, Altos de Chiapas, Centroamérica, 25 de marzo de 2026
(Texto leído en el Teatro Universitario UNICACH-CU, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas,
con motivo del centenario del natalicio del poeta Jaime Sabines, 1926-2026).
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Semblanza
Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Soconusco, Chiapas, 1974). Exfutbolista, biólogo y escritor, ha publicado una cincuentena de libros de poesía y ensayo. Obra literaria reciente: Álbum familiar centroamericano (Vuelo de Quimera Ediciones, Argentina, 2026), El poeta ecocrítico (UACJ/UACM, México, 2026), El tañedor de cadáveres (UANL, México, 2026), Livre centre-américain des morts (L’extrême contemporain, Francia, 2026), Libro centroamericano dei morti (Edizioni Ensemble, Italia, 2025),Álbum familiar centroamericano (Metáfora Editores, Guatemala, 2025), Machete sin hoja al que le falta el mango (FCE, México, 2025), Ceibario (versión kaqchikel-español, Metáfora Editores, Guatemala, 2025), Kraken (UANL/ICED, México, 2025) y Iceberg negro (La Primera Vértebra, Argentina, 2024). Algunos de sus libros y poemas han sido traducidos al francés, inglés, italiano, kaqchikel, macedonio, polaco, portugués y zapoteco, y cuentan con publicaciones en Alemania, Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Honduras, India, Italia, Nicaragua, Perú, Polonia, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana y Uruguay. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México (SNCA, emisiones 2013, 2017 y 2022) y becario de la Borchard Foundation Center on Literary Arts (USA, 2024-2026). Parte de su obra literaria se centra en la defensa de los derechos humanos de personas migrantes y víctimas de desaparición forzada. En la actualidad analiza representaciones de la naturaleza en la literatura desde una perspectiva biocéntrica y ecocrítica.

