Anacahuita
Tú que sigues enhiesta a pesar de la sequía
y detienes el polvo de los vientos del norte
concédeme raíces al pie de la montaña
y un tronco valeroso que traspase
el umbral de este muro de piedra y de cemento.
Vela mi sed debajo de tu sombra
y enséñame a desprenderme de mis hijos
así como permites que se alejen tus flores
a pesar de que sabes que lo hacen
para ahogarse en el charco del futuro.
Gestos de mujer
Mi expectativa cruje con el desentono de los pájaros,
remedos de fieras que se comunican
sobre los árboles de distintas casas.
Cada uno de sus trinos es vector
y cada vector es parte
del cristal que forman por encima de mi cuerpo.
Uno de mis tantos gestos de mujer
que ocurren cuando acicalo mi futuro
destiempla el vidrio con un espanto de alas.
Desde mi balcón se escucha un trueno
después
asiduas gotas golpeando el empedrado.
Pero esto no tiene nada que ver con el agua ni las nubes
sólo son mis brazos extendidos
lloviendo sangre.
La casa que no llora
He llegado hasta la casa que no llora
la que si abre los ojos en la noche
crujirá ante el dolor de la molienda
y al cerrar las cortinas
quedará un sabor salado a menopausia;
el contorno podrido de la higuera será distorsionado
por las perfectas líneas de los móviles
también nuestra memoria
de cuando fuimos sedientas sin saberlo.
La noria
Después de tantas palabras malgastadas
y de tantos garrafones vacíos
me dirijo a la noria del reclamo
para mostrarte una sed que no conoces.
Por eso es que arrojo el cubo
y lo regreso hasta a mí
y pesa
como las piedras que después de muchos años
guardan en sus apuntes un aroma a petricor.
Incertidumbre
Algunas parejas ya han firmado su divorcio
dejando entre las manos una grieta acordada
parecida a un trapo limpio a voluntad del aire
en el laxo tendedero de un jardín interior
ahí, donde el crujir de las hojas
raspan como las sábanas marchitas
ahí, donde se alarga el mecate de rama en rama
y de techo en techo se descose la voz.
Cómo recuerdo aquel desierto que vino a visitarnos
para hacer del antecomedor un ciego llano
de cada encino verde un solipsismo
de cada pila seca un matadero.
Nos hizo creer que somos cactus invencibles
con la artimaña de unos vasos de mezcal
pero tú y yo seguimos tomados de la mano
para guardar
de frente a la montaña impredecible
estas últimas gotas de agua que nos quedan.
(De La casa que no llora, 2025)
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Semblanza
María Teresa Martínez (Monterrey, Nuevo León, 1973). Es poeta y narradora. Realizó estudios de Humanidades en la UDEM donde también es profesora de Poesía y Narrativa. Autora del cuento Diente de León, ganador del concurso Museo Marco 2019 y publicado en la antología Elementum de Ediciones Neoleoneses Emergentes (ENE). Sus poemas y micropoemas han aparecido en antologías españolas y en la revista El Cultural.

